La Confirmación: Un compromiso de vivir, difundir y defender nuestra Fe
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El sacramento de la Confirmación (conjuntamente con el del Bautismo y la Eucaristía), es uno de los tres denominados “Sacramentos de la Iniciación Cristiana”, llamados así porque los tres comunican los tesoros abundantes de la vida divina, y es a través de ellos que, desde los tiempos apostólicos, se establecen y fortalecen en la persona los más sólidos fundamentos de toda vida espiritual en Cristo Jesús.
Así como el Bautismo es el sacramento indispensable para lograr la salvación personal, la Confirmación invita al cristiano a sumir más seriamente su compromiso con Dios y con Su Santa Iglesia. De hecho, la misma palabra, “confirmación”, significa afirmar, ratificar y consolidar.
Así pues, por medio de la Confirmación renovamos, en forma consciente, nuestro deseo de ser hijos de Dios, deseo que, durante el Bautismo, lo manifestaron por nosotros nuestros padres y padrinos, debido a que, hoy en día, por lo general, recibimos ese primer Sacramento cuando somos muy pequeños; aunque como sabemos, no siempre fue así. (Ver Revista Jesucristo Vivo Nº 11).
La Confirmación fortalece en nosotros las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad, así como los siete dones del Espíritu Santo. De tal manera que esos dones, fortalecidos y revitalizados por medio de este Sacramento, nos asisten para poder cumplir mejor nuestras responsabilidades cristianas.
A través de la confirmación se contempla, se profundiza y se fortalece la obra del Bautismo. El bautizado se vigoriza con el don del Espíritu Santo, logrando un arraigo mas profundo en la filiación divina, uniéndose más a la Iglesia y haciéndose partícipe de su misión.
A partir de la confirmación nos convertimos en cristianos maduros y podremos en adelante llevar una vida cristiana más perfecta, más comprometida. Es el sacramento que marca el tránsito a la “madurez cristiana”, y nos hace capaces de convertirnos en auténticos testigos de Cristo.
El cristiano adulto es quien sabe a sumir sus deberes y compromisos en el seno de la Iglesia, y por ello toma parte más activa en la edificación del Reino de Dios. Por la efusión del Espíritu Santo, el creyente que ha recibido el sacramento de la Confirmación es capaz de “hacer un altar” en cualquier actividad de su vida diaria. Sobre ese altar, él mismo se une al sacrificio de Cristo para introducir en el mundo el Amor del Padre. Así, el Espíritu de Dios se manifiesta en el cristiano a través del testimonio activo, y lo hace progresar hacia la Eucaristía, que es el culmen y vértice, la cima o cumbre del Misterio de nuestra Redención.
En el día de Pentecostés, los apóstoles y discípulos se encontraban reunidos junto a la Virgen. Estaban temerosos, no entendían lo que había pasado. Creyendo que todo había sido en vano, se encontraban tristes, desanimados... De repente, descendió sobre ellos el Espíritu Santo y quedaron transformados: A partir de ese momento entendieron todo lo que había sucedido, dejaron de tener miedo, se lanzaron a predicar y a bautizar por todo el mundo, conforme al mandato de Jesús. (Mt 28,19-20)
Aunque muchas veces, lamentablemente, no tomamos conciencia clara de ello, la Confirmación es nuestro “Pentecostés personal”. El Espíritu Santo está actuando continuamente sobre la Iglesia de modos muy diversos, pero en la Confirmación, al descender el Espíritu de Dios sobre nosotros, Él mismo se hace presente ante su pueblo, con toda su fuerza y su poder.
Por medio de la Confirmación, el cristiano católico “es enviado al mundo” como apóstol, para desempeñar una misión especial, que consiste en transmitir nuestra fe y nuestra doctrina a los demás, a través de la vida de servicio que se practica en el apostolado, siendo testigo de Jesucristo con la palabra y con nuestro ejemplo.
Naturalmente que para cumplir esta misión como es debido, hace falta que nos esforcemos primero por conocer nuestra fe lo suficiente como para poder vivirla plenamente, para comunicarla y defenderla cuando sea preciso.
El Sacramento de la Confirmación es pues, además de un signo visible que transmite la gracia y el poder de Dios, un gran compromiso: un urgente llamado a desempeñar una misión en el nombre de Dios, en favor de la Iglesia y para bien del mundo. A través de la Confirmación, Jesucristo, el Hijo encarnado de Dios, nos da los medios para ayudarle en la misión que el Padre le encargó a Él mismo: la de dejarnos guiar por el Espíritu Santo, para hacer visible, en donde estemos, Su infinito amor y Su misericordia.
Como hemos manifestado, la Confirmación es un sacramento íntimamente unido al del Bautismo. Es una especie de “desdoblamiento” de éste en la medida en que se trata del bautismo en el mismo Espíritu, con el que fue ungido Jesús. Recordemos que Él mismo dijeo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la buena noticia a los pobres...” (Lc. 4, 18).
La unción de Jesús, en continuidad con la unción de los reyes del Antiguo Testamento, le capacita para ser el defensor y el salvador de los pobres (ver Sal 72,1-75). Luego Él comunica su mismo Espíritu a los Apóstoles en Pentecostés (ver He 2, 4). Y ellos, a la vez, lo comunican a los creyentes.
El sacramento de la Confirmación nos conduce a la participación activa en la dinámica comunitaria y misionera de la Iglesia. Y es tarea de la catequesis previa, en preparación para recibir este Sacramento, el subrayar esta conexión de la Confirmación con el Bautismo, y remarcar las responsabilidades que su recepción conlleva.
Esto supone también que la comunidad sea capaz de “hacerle un lugar” al confirmado, de reconocer la acción del Espíritu Santo sobre él, de darle voz y responsabilidades en el interior de la comunidad, de escucharle y de valorar sus aportaciones. Esta sería una buena manera de incentivar su participación en el compromiso misionero, que exige que la comunidad no esté cerrada sobre sí misma, sino que viva abierta al mundo para que el don de Dios, que hay en ella, llegue a la vida de todos.
El sacramento de la Confirmación comunica en plenitud al Espíritu Santo, que es el Espíritu de los tiempos nuevos, y ahora debemos ser testigos de Cristo en la Iglesia y en el mundo.
Se trata del Espíritu que impulsó a Jesús a anunciar el Evangelio a los pobres y a liberar a los cautivos. No se puede reducir la acción de este Espíritu a un ámbito intimista e individual. Ciertamente que es necesario incrementar la intimidad de la relación personal con Dios, pero recordando siempre que el ámbito de acción es la realización de los valores evangélicos en la historia de los hombres.
Para ello es preciso recordar siempre que el Reino que Jesús anunció no sólo está reservado para la vida después de la muerte, sino que debe comenzar a manifestarse también aquí y ahora, haciendo surgir comunidades en las que la justicia y la comunión (es decir la verdadera unión común) no sean sólo una promesa de un futuro para muchos incierto, sino una realidad presente y creciente. Todo lo que hay de justo y de bueno en la Iglesia, procede de la acción de ese Espíritu.
El Espíritu Santo impulsa una vida nueva en favor de la justicia, tanto en el bautizado-confirmado como en la comunidad eclesial toda.
Los signos que confirman la presencia de la vida nueva de Dios en el mundo son las obras de la justicia al servicio del amor; obras que nacen del Espíritu de Jesús, que impulsa a través de sus amigos la construcción del Reino.
El Signo: La Materia y la Forma
Así como la materia primordial del Bautismo, que es el agua, tiene el significado de limpieza, en este sacramento la materia, que es el “santo crisma”, significa fuerza y plenitud.
El signo de la Confirmación es la “unción”. Desde la antigüedad se utilizaba el aceite para muchas cosas: para curar heridas, a los deportistas y a los gladiadores se les ungía con el fin de fortalecerlos; también era símbolo de abundancia, de plenitud. Además la unción va unida al nombre de “cristiano” que, además de “pequeño Cristo”, significa “ungido”.
El “santo crisma” es una mezcla de aceite de oliva con bálsamo, que es consagrado por el Obispo el día del Jueves Santo. La unción debe ser hecha en la frente.
La forma o fórmula de este sacramento, es decir, las palabras que acompañan a la unción y a la imposición individual de las manos, dice: “Recibe por esta señal de la cruz el don del Espíritu Santo” (CIC Nº 1300). La cruz es el arma con que cuenta un cristiano para defender su fe.
La Institución de la Confirmación
El Concilio de Trento declara que la Confirmación es un sacramento instituido por Cristo, aunque los protestantes lo rechazaron porque -según ellos- no aparecía en las Sagradas Escrituras el momento preciso de su institución. Y es que, en rigor, las Escrituras narran diversos sucesos relacionados con esto, como la primera visita de Jesús a sus discípulos después de su Resurrección. (Jn 20,22).
Sin embargo, sabemos que fue instituido por Cristo, porque sólo Dios puede unir la gracia a un signo externo, y como vemos en el Nuevo Testamento, la imposición de manos de parte de los Apóstoles (como un signo) fue muy frecuentemente sucedido por una serie de gracias extraordinarias para quienes la recibieron.
Además encontramos en el Antiguo Testamento, numerosas referencias –de parte de los profetas, como Jeremías, Ezequiel e Isaías— sobre la acción que tendría el Espíritu de Dios en la época mesiánica (es decir, en nuestros tiempos); y nuestro propio Señor Jesucristo anunció reiteradas veces la una venida del Espíritu Santo para completar su obra. (Ver particularmente el Evangelio según San Juan, Capítulos 14 a 17).
Estos anuncios, así como la gracia operante en diversas circunstancias posteriores a los bautismos, nos indican claramente la existencia de un sacramento distinto del Bautismo. El Nuevo Testamento nos narra como los apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, iban imponiendo las manos, comunicando el “Don del Espíritu Santo”, destinado a complementar la gracia recibida por los primeros cristianos en el Bautismo.
Así, podemos leer, por ejemplo, lo siguiente: “Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén, de que Samaria había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran al Espíritu Santo; pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían al Espíritu Santo”. (Hech. 8,15-17; 19,5-6).
La edad requerida para recibir la Confirmación
En el canon 891 del Código de Derecho Canónico se recomienda que la persona que vaya a recibir este Sacramento esté “en torno a la edad de la discreción de juicio, salvo que la Conferencia Episcopal determine otra edad...” La edad de la discreción de juicio se suele interpretar como equivalente a otra expresión, también de uso clásico, que es la de “la edad del uso de la razón”, de manera que se usan ambas expresiones casi en forma indistinta.
Se debe añadir, además, que no se exige una discreción de juicio específica para la confirmación, sino la discreción de juicio común. Sólo hay que comparar este canon con el canon 1095, inciso 2, en el que se ve que se exige una discreción de juicio específica para el Sacramento del Matrimonio. Se puede observar, en este caso, que la discreción de juicio para el matrimonio se considera distinta del hecho de haber alcanzado el uso de razón (canon 1095, 1º).
Por lo tanto, se puede concluir afirmando que para que la recepción del sacramento de la confirmación sea lícito se requiere que el sujeto haya alcanzado la edad de la discreción de juicio, es decir, los siete años, aunque ésta se podría denegar si se comprueba efectivamente que el sujeto que ha cumplido los siete años, no ha alcanzado el uso de razón.
De todas maneras, el canon 891 remite a la legislación de desarrollo que puedan promulgar en esta materia las diferentes Conferencias Episcopales. Atendiendo a esta prerrogativa, muchas Conferencias Episcopales han legislado, o han adoptado el uso de establecer la edad de entre 14 y 15 años para la recepción de este Sacramento.
Si bien en la tradición latina se considera que existen tres sacramentos de iniciación cristiana, que, por orden, son el bautismo, la confirmación y la eucaristía, en muchos países, se ha alterado ese orden y actualmente se recibe primero el Bautismo, luego la Eucaristía y finalmente la Confirmación, suponiendo la confirmación como el punto culminante del proceso catequético del fiel, en vez de serlo la Eucaristía.
Con este procedimiento, ahora los fieles no terminan su iniciación cristiana recibiendo al Señor en la Eucaristía, sino recibiendo al Espíritu Santo, lo que supondría una verdadera confirmación en el camino que se inició con el bautismo. Aún es pronto para observar la trascendencia de esta práctica en la formación del pueblo cristiano.
Todo lo dicho en esta nota se refiere a la administración ordinaria o más común del sacramento de la confirmación: la práctica cristiana inmemorial, confirmada por el vigente Código de Derecho Canónico, es la de considerar válida la administración de la confirmación a cualquier edad. Actualmente es posible administrar la confirmación incluso a una persona que no haya adquirido el uso de razón, si se encuentra en peligro de muerte. (Cfr. Canon 889 inciso 2 y canon 891).