El Canon de las Sagradas Escrituras (2da Parte)
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Biblia, Revelación y Tradición
La revelación es la manifestación que Dios ha hecho a los hombres de Sí mismo y de aquellas otras verdades necesarias o convenientes para la salvación eterna. Esta Revelación -también llamada Doctrina cristiana o Depósito de la fe- se encuentra en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia, que es la Palabra de Dios no contenida en la Biblia, sino transmitida por Jesucristo a los Apóstoles y por éstos a la Iglesia, de boca a oído, o por medio de sus escritos.
Las enseñanzas de la Tradición están contenidas principalmente en los Símbolos o Profesiones de la fe (por ejemplo, el Credo), en los documentos emitidos en los Concilios, en los escritos de los Santos Padres de la Iglesia y en los ritos de la Sagrada Liturgia, que se practicaron desde las ceremonias de las primeras comunidades cristianas.
Jesucristo confió la Revelación a la Iglesia por medio de sus Apóstoles, y éstos la fueron transmitiendo con absoluto respeto al primado de Pedro; por lo tanto, sólo la Iglesia Católica tiene la autoridad necesaria para custodiarla, enseñarla e interpretarla sin error. Esta certeza no está basada en la capacidad o el mérito de los jerarcas o representantes de la Iglesia, sino en la fidelidad del Señor a sus promesas: “Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16,18).
La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios puesta por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo. Al conjunto de los libros inspirados lo llamamos Biblia, cuyo Autor principal es Dios, y cuyos “autores secundarios o instrumentales” son los escritores sagrados o “hagiógrafos”; por ejemplo, Moisés, el profeta Isaías, San Mateo, San Pablo, Santiago, etcétera.
Características y composición de la Santa Biblia
Como adelantábamos en la primera parte de este artículo, publicada en el anterior número de Jesucristo Vivo (donde se explicaba el Canon del Antiguo Testamento), el Canon bíblico es, por así decirlo, el “catálogo” que contiene los setenta y tres libros que conforman en su conjunto la Santa Biblia (Antiguo y Nuevo Testamento), y que la Iglesia ha declarado como “divinamente inspirados”.
Las propiedades fundamentales de la Santa Biblia son tres:
- La Unidad, entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, y entre todas las partes de todos los libros.
- La Inerrancia y veracidad, es decir, que no contiene errores en lo que atañe a nuestra salvación, y que contiene las verdades necesarias para nuestra salvación.
- La Santidad, en tanto que procede de Dios, enseña una doctrina santa y nos conduce a la santidad.
Ahora bien, así como veíamos que el Antiguo Testamento contiene los 46 libros inspirados que fueron escritos antes de la venida de nuestro Señor Jesucristo, el Nuevo Testamento (N. T.) está formado por 27 libros, que fueron escritos después de la muerte y la gloriosa Resurrección de Jesús, y se divide en cuatro partes: “Evangelios”, “Hechos de los Apóstoles”, “Epístolas” y “Apocalipsis”.
Tanto los libros del Antiguo como los del Nuevo Testamento se clasifican, según su contenido, en: libros históricos, libros didácticos y libros proféticos, y cada libro se divide a su vez en capítulos, y éstos en versículos.
En el Antiguo Testamento los libros históricos suman 21: Génesis, Exodo, Levítico, Números y Deuteronomio (que conforman el Pentateuco); Josué, Jueces, Ruth, 1° y 2° libros de Crónicas (o Paralipómenos); 1° y 2° de Esdras (el 2º llamado también Nehemías); Tobías, Judit, Esther, y 1° y 2° libros de Macabeos.
Los libros didácticos o “sapienciales” del Antiguo Testamento son 7: Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Sabiduría y Eclesiástico; mientras que los libros proféticos son 18, a saber: Los cuatro Profetas Mayores: Isaías, Jeremías (con Lamentaciones y Baruc), Ezequiel y Daniel; y los doce Profetas Menores: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías.
Los libros históricos del Nuevo Testamento son 5: Los cuatro Evangelios (según San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan) y los Hechos de los Apóstoles.
Los libros didácticos N. T. son 21: Las 14 Epístolas o Cartas de San Pablo (a los Romanos; 1ª y 2ª cartas a los Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1ª y 2ª a los Tesalonicenses, 1ª y 2ª a Timoteo, Tito, Filemón y Hebreos).
Las 7 epístolas o Cartas llamadas católicas (porque como dijimos, no son reconocidas por muchas de las denominaciones protestantes) son: 1ª y 2ª de San Pedro: 1ª, 2ª y 3ª de San Juan, la de Santiago y la de San Judas.
El único libro profético del Nuevo Testamento es el Apocalipsis de San Juan.
En los orígenes de la Iglesia, la regla de fe se encontraba en la enseñanza oral de los Apóstoles y de los primeros evangelizadores. Pasado el tiempo, se sintió la urgencia de consignar por escrito las enseñanzas de Jesús y los rasgos sobresalientes de su vida. Este fue el origen de los Evangelios.
Por otra parte, los Apóstoles alimentaban espiritualmente a sus fieles mediante cartas, según los problemas que iban surgiendo. Este fue el origen de las Epístolas.
Además, circulaban entre los cristianos del siglo primero dos obras más de personajes importantes: “Los Hechos de los Apóstoles” escrita por Lucas, y el “Apocalipsis”, proveniente de la escuela de San Juan.
A fines del siglo I y principios del II, el número de libros de la colección variaba de una Iglesia a otra. A mediados del siglo II, las corrientes heréticas de Marción (que afirmaba que únicamente el Evangelio de Lucas y las 10 Epístolas de Pablo tenían origen divino), y de Montano (que pretendía introducir como libros santos sus propios escritos), mostraron la urgencia de determinar el Canon del Nuevo Testamento.
Ya para fines del siglo II, la colección del Nuevo Testamento era prácticamente la misma en todas las Iglesias Cristianas de Oriente y Occidente.
En los tiempos de San Agustín, el Concilio de Hipona (393) y más adelante en los de Cartago (397 y 419) reconocieron el Canon de 27 libros, así como en el Concilio de Trullo (Constantinopla, 692) y el de Florentino (1441).
Al surgir el protestantismo, quiso renovar antiguas dudas y excluyó algunos libros. Lutero rechazaba la carta a los Hebreos, así como las epístolas de Santiago y de Judas y el Apocalipsis. Por su parte, Carlostadio y Calvino aceptaron los 27 libros.
En el Concilio de Trento (1546), se presentó oficialmente la lista íntegra del Nuevo Testamento. El criterio objetivo y último para la aceptación del Canon del Nuevo Testamento será siempre la revelación hecha por el Espíritu Santo y transmitida fielmente por ella. Los criterios secundarios que se tuvieron en cuenta fueron los siguientes:
1.- Su origen apostólico (o de la generación apostólica).
2.- Su ortodoxia en la doctrina.
3.- Su uso litúrgico antiguo y generalizado.
La Iglesia recomienda la lectura de la Biblia porque es un alimento constante para la vida del espíritu; produce frutos de santidad, es fuente de oración, y sirve de gran ayuda para la enseñanza de la doctrina cristiana y para la predicación. El Concilio Vaticano II “exhorta a todos los fieles con insistencia a que, por la frecuente lectura de las Escrituras, aprendan la ciencia eminente de Cristo” (Constitución Dei Verbum, n. 25).
Las disposiciones que se deben tener para leer y estudiar la Biblia son: fe y amor a la Palabra de Dios, intención recta, y finalmente piedad y humildad, para aceptar lo que Dios dice.
Resulta muy recomendable leer los Evangelios diariamente, durante unos cuantos minutos. San Jerónimo recomendaba: “Lee con mucha frecuencia las divinas Escrituras; es más, nunca abandones la lectura sagrada”. A la luz de las enseñanzas de la Iglesia, la Biblia nos permite conocer el modo de salvarnos y reconciliarnos, y eso sólo puede lograrse conociendo, amando y encarnando la vida de Jesucristo.
Otras Biblias
Además de la Biblia católica, que es la única completa y auténtica, existen la Biblia Hebrea y las Biblias protestantes. La Biblia Hebrea sólo contiene treinta y nueve libros, todos del Antiguo Testamento. Por lo tanto, rechazan todos los del Nuevo Testamento y siete libros del Antiguo Testamento, que forman parte de la Biblia católica.
A las Biblias protestantes les suprimieron algunos libros que están presentes en la Biblia católica; pero además, en los libros que conservan, modifican algunas palabras, a fin de apoyar convenientemente sus ideas y divergencias “teológicas”. Por otra parte, estas Biblias carecen de notas y comentarios (puesto que los protestantes admiten el “libre examen” es decir, que cada uno ha de leer e interpretar la Biblia a su manera, sin necesidad de someterse al juicio autorizado de la Iglesia); y por lo tanto, no tienen aprobación de la autoridad de la Iglesia.
Muchas son editadas por las “Sociedades Bíblicas”, algunas dicen: “Versión del original llevada a cabo por Cipriano de Valera y C. Reyna”; la mayoría de ellas suprime varios libros del Antiguo Testamento (como Sabiduría, Judit, Tobías, Eclesiástico, 1° y 2° libros de Macabeos, entre otros) y algunas también suprimen libros del Nuevo (como las Epístolas de Santiago, de San Pedro y de San Juan).
Es por todo ello que no resulta conveniente leer otras Biblias, dado que pueden contener errores doctrinales o morales. Para evitar esos errores, es recomendable que los católicos sólo leamos las Biblias que contienen notas y explicaciones aprobadas por la Iglesia, y que cuenten con el correspondiente “Nihil Obstat” e “Imprimatur” (que son las certificaciones, emanadas de la autoridad eclesial, de que no contienen errores doctrinales).