Cuerpo entregado y Sangre derramada:
El Sacramento del Sacrificio del Señor

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Continuando con la serie de artículos sobre los Sacramentos de la Iglesia Católica, que iniciáramos dos números atrás, abordaremos ahora la reflexión acerca del Sacramento de la Eucaristía, o Sacramento de la Comunión, que como bien sabemos, es al mismo tiempo “fuente y cima” –es decir, el origen y la culminación— de nuestra vida cristiana. (Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen Gentium Nº 11)

En efecto, el Código de Derecho Canónico (que es la compilación de todas las normas vigentes en la Iglesia), en la Primera parte del Libro Tercero, que está dedicada precisamente a los Sacramentos, nos dice textualmente que “El sacramento más augusto (el más espléndido, el más magnífico y admirable), en el que se contiene, se ofrece y se recibe al mismo Cristo Nuestro Señor, es la Santísima Eucaristía, por la que la Iglesia vive y crece continuamente.”

Luego señala que “El Sacrificio Eucarístico, memorial de la muerte y resurrección del Señor, en el cual se perpetúa a lo largo de los siglos el Sacrificio de la Cruz, es el culmen y la fuente de todo el culto y de toda la vida cristiana, por el que se significa y realiza la unidad del pueblo de Dios, y se lleva a término la edificación del cuerpo de Cristo”.

Finalmente, este canon puntualiza lo siguiente: “Así, pues, los demás sacramentos y todas las obras eclesiásticas de apostolado se unen estrechamente a la santísima Eucaristía y a ella se ordenan (es decir, hacia allí apuntan y se dirigen).” (CDC canon 897).

Nos pareció muy importante reproducir esta cita porque en ella se explica muy bien, y con toda claridad, la excelsitud, la suprema e infinita grandeza, y la inagotable riqueza de la Eucaristía.

Ahora bien, en esta revista, nos toca tratar de profundizar la reflexión sobre la “Comunión” desde su aspecto “sacramental”; vale decir, analizar la Eucaristía como el tercer Sacramento, con el cual culmina la Iniciación Cristiana.

Sobre este punto específico, nos dice el Catecismo de la Iglesia que “Los que han sido elevados a la dignidad del sacerdocio real, por el Bautismo, y configurados más profundamente con Cristo, por la Confirmación, participan por medio de la Eucaristía con toda la comunidad en el sacrificio mismo del Señor.” (CIC 1322).

Aquí conviene detenerse algunos minutos para hacer una pequeña aclaración, pues la lectura de ese canon puede llevarnos a pensar que el orden lógico (y hasta quizás “obligatorio”) para la recepción de estos tres sacramentos debiera ser: 1º El Bautismo / 2º La Confirmación / y 3º La Primera Comunión; y probablemente, la mayoría de nosotros habrá recibido la Primera Comunión antes de la Confirmación...

Por razones de espacio, no podemos detenernos demasiado en el análisis de este asunto ahora, pero ya en al número 11 de JCV (Pág. 20) explicábamos algo al respecto, al escribir sobre el Sacramento de la Confirmación.

En síntesis, podemos decir que, de acuerdo con los cánones 889, inciso 2 y 891 del Código de Derecho Canónico, cada Conferencia Episcopal, en cada país, tiene la libertad de establecer el orden que le parezca más adecuado para la recepción de los Sacramentos de la Iniciación Cristiana, y que en los últimos años se ha podido observar una tendencia a dispensar los sacramentos de la Confirmación y la Primera Comunión el mismo día, como desde tiempo inmemorial se ha acostumbrado hacer con las personas que reciben estos tres Sacramentos en la edad adulta, y como está establecido en el Rito de Iniciación Cristiana para Adultos (por sus siglas RICA), que contempla la administración de los tres Sacramentos juntos.

El Papa Pablo VI estableció que “La participación de la naturaleza divina dada a los hombres a través de la gracia de Cristo, tiene cierta analogía con el origen, el crecimiento y el sustento de la vida natural. Los fieles renacen por el Bautismo, se fortalecen por el sacramento de la Confirmación y reciben en la Eucaristía el alimento de vida eterna. El sentido de estos sacramentos de iniciación Cristiana es que reciban en abundancia los tesoros de la vida divina y avancen hacia la perfección de la caridad” (CIC 1212).

Quienes promueven la recepción de la Confirmación antes de la recepción de la Primera Eucaristía, sostienen que de ese modo puede verse más fácilmente que “la Eucaristía es la cumbre de la iniciación Cristiana” (lo que, como leíamos algunos párrafos atrás, está escrito en el canon 1233 de nuestro Catecismo).

Por su parte, los que propician la recepción de la Confirmación más adelante, sostienen que al ser éste el sacramento de “compromiso de adulto con la Iglesia”, conviene que quien lo recibe tenga la madurez necesaria para tomar plena consciencia de lo que está haciendo.

En verdad, nosotros pensamos que el orden en la recepción no resulta tan relevante, en la medida en que todos los Sacramentos son dones de nuestro Padre Celestial, que sólo por amor quiere hacernos partícipes de Su propia vida (a la que llamamos Gracia), y que, por lo tanto, no son ganados ni merecidos por nadie, de tal manera que, el Señor tendrá el tiempo para llamar a cada quien a participar de Su Gracia, conforme le parezca adecuado.

1. La inagotable riqueza de este Sacramento que cambia al mundo

Reflejando su infinito tesoro, la Eucaristía recibe muchos nombres, cada uno de los cuales (tal como nos enseña el Catecismo), se refiere a alguno de sus múltiples aspectos y características. Así pues, se le llama:
- “Eucaristía”, porque es acción de gracias a Dios. La palabra “eucharistein” recuerda las bendiciones judías que proclaman -sobre todo durante la comida- las obras de Dios: la creación, la redención y la santificación.
- “Banquete del Señor”, porque directamente se trata de la Cena que el Señor celebró con sus discípulos en la víspera de su pasión, y porque al mismo tiempo, es la anticipación del banquete de bodas del Cordero (mencionado en el Libro del Apocalipsis, 19,9) que celebrarán todos los que alcancen la Gloria, en la Jerusalén celestial.
- “Comunión”, pues por este sacramento entramos en común unión con Cristo y con nuestros hermanos, formando en Él y con Él un solo cuerpo.
- “Santísimo Sacramento”, porque es el “Sacramento de los Sacramentos”. Con este nombre se designan especialmente las especies eucarísticas guardadas en el Sagrario.
También se le denomina “pan de los ángeles”, “pan del cielo”, “medicina de inmortalidad”, “viático”, etcétera. (Cfr. CIC 1328-1332).

En la Misa de la Cena del Señor, celebrada por el Papa Benedicto XVI, en la tarde del pasado Jueves Santo, el Santo Padre advertía que la participación de este Sacramento transforma el mundo.

Expresaba que “La Eucaristía sólo es completa si el ágape litúrgico se convierte en amor cotidiano”, y manifestó que “En el culto cristiano, las dos cosas se transforman en una: el ser agraciados por el Señor y el cultivo del amor respecto al prójimo”.

Explicando el momento en el que Jesús, durante la última Cena, partió el pan y lo dio a sus discípulos, el Santo Padre explicó que dividir para compartir, es en verdad unir: “A través del compartir se crea comunión –destacaba- “En el pan partido, el Señor se reparte a sí mismo. El gesto del partir alude misteriosamente también a su muerte, al amor hasta la muerte. Él se da a sí mismo, que es el verdadero ‘pan para la vida del mundo’.”

“El alimento que el hombre necesita en lo más profundo de su ser es la comunión con Dios mismo.”, enfatizó el Papa, y luego, refiriéndose a la transustanciación de las especies, agregó que “Al agradecer y bendecir, Jesús transforma el pan, y ya no es pan terrenal lo que da, sino la comunión consigo mismo.”

“Esta transformación, sin embargo, quiere ser el comienzo de la transformación del mundo. Para que llegue a ser un mundo de resurrección, un mundo de Dios. Sí, se trata de transformación; se trata del hombre nuevo y del mundo nuevo, que comienzan en el pan consagrado, transformado, transustanciado”, puntualizó.

Esta meditación nos recuerda lo que una vez dijo San Agustín de Hipona, en sus discursos sobre el Evangelio de San Juan: “Nos hemos convertido en Cristo. En efecto, si Él es la cabeza y nosotros sus miembros, el hombre total es él y nosotros...” (S. Agustín, Tratado sobre Juan, 21,8; citado por Juan Pablo II, Audiencia General del miércoles 18 de octubre de 2000).

2. ¿Quiénes pueden recibir la Eucaristía?

El Código de Derecho Canónico (CDC) sostiene que “Todo bautizado a quien el derecho no se lo prohíba, puede y debe ser admitido a la sagrada comunión.” (C912) Y luego aclara que: “Para que pueda administrarse la santísima Eucaristía a los niños, se requiere que tengan suficiente conocimiento y hayan recibido una preparación cuidadosa, de manera que entiendan el misterio de Cristo en la medida de su capacidad, y puedan recibir el Cuerpo del Señor con fe y devoción.” (C913 P1)

Estas aclaraciones son en verdad muy pertinentes, porque, como venimos viendo, la Eucaristía es el centro de nuestra vida espiritual y eclesial, y es de vital importancia que, quienes la vayan a recibir, tengan clara consciencia de lo que están haciendo.

Por este motivo, los padres de familia no debemos “conformarnos” con la instrucción que se les dé a nuestros niños en la Parroquia, o dondequiera que reciban la catequesis de preparación para recibir la Primera Comunión.

Y decimos esto, no por desmerecer o menospreciar el trabajo de las personas que, voluntariamente y la mayoría de las veces con mucho amor, dedican su tiempo libre a realizar esa noble tarea. ¡De ninguna manera!

Pero debemos comprender que, por lo general, esa preparación se realiza en forma “colectiva”, es decir, que son muchos niños a los que se les debe impartir conjuntamente la preparación, y eso impide que se pueda personalizar el proceso de formación y evaluar con la debida profundidad el conocimiento y el grado de consciencia que los chicos van adquiriendo sobre este maravilloso don de Dios.

Será pues de verdad necesario que los papás hablen con sus hijos al respecto, que se involucren en su formación catequética, que conozcan el material de apoyo que los catequistas utilizan para formarles, que apoyen y refuercen el trabajo que ellos realizan, etcétera.

Precisamente en el canon siguiente al que reprodujimos párrafos atrás, el mismo Código de Derecho Canónico expresa que “Los padres en primer lugar, y quienes hacen sus veces, así como también el párroco, tienen obligación de procurar que los niños que han llegado al uso de razón se preparen convenientemente y se nutran cuanto antes, previa confesión sacramental, con este alimento divino; corresponde también al párroco vigilar para que no reciban la santísima Eucaristía los niños que aún no hayan llegado al uso de razón, o a los que no juzgue suficientemente dispuestos.” (CDC 914)

Como podemos intuir, la “disposición” a la que se refriere el Código no significa solamente la preparación, sino también el verdadero deseo, basado en el conocimiento y en la convicción de que al recibir a Jesucristo, su fe y su vida espiritual se verán notablemente transformadas, elevadas... Pero claro, para ello es importante también que ellos VEAN que en nosotros la Eucaristía produce verdaderamente esos frutos.

3. Los frutos de la Comunión

La Iglesia nos enseña que todos los Sacramentos brindan al fiel que los recibe, la gracia que significan, y son eficaces porque en ellos actúa Cristo mismo. De allí que el sacramento no actúe, como decía Santo Tomás de Aquino, “por los méritos del hombre que lo da o que lo recibe, sino por el poder de Dios”. (Cfr. Suma Teológica)

En ese sentido, la Eucaristía, por el sólo hecho de ser recibida, produce ciertos frutos en el alma, los mismos que, sintéticamente podemos enumerar de la siguiente manera:

- Acrecienta nuestra unión con Cristo.
- Conserva, aumenta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo.
- Nos aleja del pecado. El Cuerpo de Cristo que recibimos en la comunión es “entregado por nosotros”, y la Sangre que bebemos es “derramada por muchos para el perdón de los pecados”, por lo tanto, “Cada vez que lo recibimos, anunciamos la muerte del Señor” (1Co 11,26). Ahora bien, si anunciamos la muerte del Señor, anunciamos también el perdón de los pecados que ella nos trajo.
- Fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados veniales.
- Por la misma caridad que enciende en nosotros, la Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales. Cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más difícil se nos hará romper con Él por el pecado mortal. Sin embargo, debemos recordar que la Eucaristía no está destinada al perdón de los pecados mortales. Esto es propio del sacramento de la Reconciliación. Lo propio de la Eucaristía es ser el sacramento de los que ya están en plena comunión con Dios y con la Iglesia.
-Produce la unidad del Cuerpo Místico de Cristo: La Eucaristía hace la Iglesia. Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. La Comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia, realizada ya por el Bautismo.
- Nos impulsa a asumir un mayor compromiso en favor de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo, entregados por nosotros, debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos (Cfr. Mt 25,40):
- Promueve la unidad de los cristianos. Lo hace de manera directa con las Iglesias orientales, como la Ortodoxa, que a pesar de no estar en plena comunión con la Iglesia Católica, celebra la Eucaristía con gran amor, y tiene verdaderos sacramentos, en virtud de la sucesión apostólica, del sacerdocio y la Eucaristía (UR 15, Cfr. CIC can. 844,3).
Indirectamente, también nos une a las iglesias cristianas protestantes, nacidas de la Reforma, separadas de la Iglesia católica, “sobre todo por defecto del sacramento del orden, (recordemos que la ruptura quebrantó la sucesión apostólica, por lo que) no han conservado la sustancia genuina e íntegra del Misterio eucarístico” (UR 22). Sin embargo, estas comunidades eclesiales “al conmemorar en la Santa Cena la muerte y la resurrección del Señor, profesan que en la comunión de Cristo se significa la vida, y esperan su venida gloriosa” (UR 22). (Cfr. CIC cánones 1391-1400).

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Por último, y con el fin de que nuestros lectores respeten y veneren siempre como es debido a la Sagrada Hostia, recordamos que “La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo.” (CIC 1377)

Sin duda queda mucho por decir sobre este inefable y maravilloso Sacramento, lo que por razones de espacio no podemos hacer ahora, pero en Jesucristo Vivo nos referimos a Él continua y permanentemente, y así será mientras el Señor nos dé vida.

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