Ite, Missa Est. “Vayan, la Misa ha terminado”

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De la misma manera que, en anteriores números de esta tu revista, dedicamos una serie de artículos a la explicación sobre el profundo significado de la Santa Misa, hemos decidido crear ahora esta nueva “sección fija”, que nos permitirá familiarizarnos con el Culto que rinde la Iglesia a Dios, a través del “Calendario Litúrgico,” que año tras año nos conduce, por el camino de la oración y la reflexión, hacia Dios.

Creemos que es de verdad importante que los católicos comprendamos con mayor claridad el porqué de los ritos, de los signos sensibles y de la organización general, por medio de la cual la Iglesia nos guía y orienta en las prácticas que debieran conducirnos a una unión más perfecta con Dios y con los demás.

En efecto, pensamos que al no entender debidamente estas cuestiones, muchos ven a nuestro “catolicismo” como una religión de “repeticiones uniformes” y de “normas rígidas”, y al no comprender las razones y propósitos que están en el fundamento de lo que hacemos, se pierden la profunda riqueza que toda la Liturgia tiene en el fondo.

En esta primera entrega abordaremos algunos aspectos generales sobre lo que es la Liturgia, el Año Litúrgico y el Calendario Litúrgico, así como algunos de los detalles históricos acerca del proceso a través del cual la Liturgia evolucionó hasta su estado actual.

En las próximas ediciones de Jesucristo Vivo, iremos viendo con detalle las características y enseñanzas de cada uno de los Tiempos Litúrgicos, que nos permitan organizar el Culto a Dios, por medio del Calendario Litúrgico.

Esperamos que este artículo, y los que vendrán más adelante, ayuden en algo a nuestros lectores a sacar un mejor provecho de las celebraciones de nuestra fe.

1. La Liturgia

Para decirlo del modo más rápido y sencillo posible, la Liturgia es la manera en la que celebramos nuestra fe. Es decir, es el conjunto de acciones o “formas”, a través de las cuales rendimos culto a Dios.

Ahora bien, es importante advertir desde esta primera “definición” de lo que es la Liturgia, que detrás de cada una de esas “formas” que la constituyen, están los significados, y en la realización de esas acciones se van produciendo efectos espirituales que, por su misma naturaleza, muchas veces no alcanzamos a ver.

La Sagrada Liturgia es pues el conjunto de la oración pública y de la celebración sacramental de todo el Cuerpo Místico de Cristo, representado en cada uno de los fieles, sacerdotes y personas de vida consagrada que participan de él. Es todo el cúmulo de signos sensibles y eficaces de la santificación, y del culto que rinde la Iglesia, como un todo único e indivisible, a Dios.

No solo tenemos fe y damos testimonio de ella, sino que la celebramos, comunitaria y públicamente, con acciones en las que manifestamos, de manera franca y abierta, nuestra adoración a Jesucristo, nuestro Salvador, presente con nosotros en los sacramentos y en toda Su Iglesia.

De acuerdo con las enseñanzas del Concilio Vaticano II, la Liturgia es un excelente camino pedagógico (un método de enseñanza), que le permite al hombre desarrollarse por completo en su dimensión humana y divina, y ayuda a la persona, desde su interior, a vivir el mensaje y llamada de nuestro Salvador: “El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Nueva” (Cfr. Mc 1,15).

En la Constitución “Sacrosanctum Concilium”, se considera la Liturgia como: “el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. (Puesto que) En ella, los signos sensibles significan, y cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro”. (Concilio Vaticano II, Constitución “SACROSANCTUM CONCILIUM” sobre la Sagrada Liturgia, 7)

La liturgia es la acción sagrada por excelencia, ninguna oración o acción humana la puede igualar, por ser obra de Cristo y de toda su Iglesia, y no de una persona o de un grupo particular. Efectivamente, si prestamos la debida atención, nos daremos cuenta de que cada una de las oraciones litúrgicas tiene origen en las palabras pronunciadas por nuestro Señor Jesucristo, o en algunos de los sucesos trascendentes que Él vivió.

Este es el motivo por el cual, muchos pastores y teólogos protestantes, al participar “accidentalmente” (más bien diremos “providencialmente”) de alguna Eucaristía, descubren la inmensa riqueza de nuestra Liturgia, y por ese mismo motivo, no pocos de ellos deciden con frecuencia hacerse católicos después.

Aquí viene a colación un pequeño pero ilustrativo cuento: Era el de un hombre “ex-católico”, que habiendo decidido hacerse evangélico, el Señor le ayudó a crecer en la Fe y en el amor a Él. (Esto ocurre a menudo).

Sucedió que llegado un día, se encontró con un sacerdote católico en el asiento de al lado en un avión, y hablando sobre cuestiones de fe, el hombre comenzó a dar su testimonio: “Cuando era católico, era un borrachín, vivía malhumorado, peleando con todo el mundo, y hasta le llegué a dar algunas sendas palizas a mi mujer... Le digo más todavía, padre...”

Y entonces el padre le interrumpió diciéndole “No tienes que decirme más hijo, ¡eras un pésimo católico! Yo en cambio, cuando era protestante, leía la Biblia todos los días; oraba mucho, casi todo el tiempo, decidí estudiar teología, y hasta llegué a ser pastor de mi iglesia...”

Ante la atónita mirada del hombre, el padre finalizó: “Ya lo ves, hijo, ¡de veras!: Muchos malos católicos terminan haciéndose protestantes, y algunos buenos pastores protestantes, terminamos haciéndonos católicos...”

Volviendo ahora al tema que veníamos tratando, la Liturgia es una acción de Cristo y de la Iglesia: es un ámbito de encuentro con Dios y con los hermanos. “En efecto, en la liturgia, Dios habla a su pueblo; Cristo sigue anunciando el Evangelio. Y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración.” (SC, 33)

Así, al ser obra de Cristo, la Liturgia coopera con la persona para que, desde su corazón, en todos los aspectos de su vida, se comunique con Dios, le dé gloria y alabanza, y cumpla con su voluntad, es decir, con el acatamiento de la misión de todo cristiano, que es la realización del Reino de Dios.

Por medio de la Liturgia, el hombre creado para participar en el Amor de Dios, y para vivir en comunión con los demás hombres el misterio de la comunicación de Dios, está en posibilidades de descubrir el sentido de su ser social y cultural.

Sin embargo, la falta de una debida formación sobre estos temas, hace que la inmensa mayoría de los católicos participen de ese culto público a Dios pensando vaya a saber uno en qué cosas, y por lo tanto, esa gran mayoría de gentes se pierde muchas posibilidades.

La dinámica de la Sagrada Liturgia también afecta a la voluntad humana y la educa, enseñándole en la práctica a obedecer, y a actuar en consecuencia. De esta manera, surge naturalmente la idea de un fin primordial en la vida del ser humano: el cumplir con su propio destino, a la luz del Plan de Dios.

Bien entendida y aprovechada, esta pedagogía ayuda a la persona en diferentes aspectos, destinados a lograr con éxito el crecimiento espiritual, que le llevará a completar la imagen de Cristo en su propia persona.

Al participar debidamente de la Sagrada Liturgia, el hombre aprende a confesar su propia debilidad, cuando se reconoce pecador, débil y necesitado. Esa convicción de la debilidad debe de ser el despertar de la voluntad, para que viva con mayor cautela ante las diversas tentaciones: el amor desordenado y la concupiscencia, la cultura de la muerte, la avaricia, la búsqueda desenfrenada de poder, y todos los “etcéteras” que el mundo actual nos pone por delante.

La celebración de la liturgia cuenta con un elemento con el que ninguna otra pedagogía cuenta: LA GRACIA DE DIOS. El culto, por los ritos y los sacramentos, es el conducto ordinario universal a través del cual viene esta fuerza de Dios a los hombres, y no hay poder alguno en el universo que se compare con la Gracia, recibida del Creador, para que el hombre se perfeccione y alcance la felicidad plena.

Como pocas pedagogías, la Liturgia ha sabido aprovechar mejor todo recurso, de todo orden, para lograr su objetivo: Se ha servido de la división de los ciclos litúrgicos durante el año, de la creación de lugares sagrados, de la implementación de funciones litúrgicas, la práctica de ciertos ritos y expresiones de los hombres, a través de canto y las oraciones, los movimientos corporales, la presencia de símbolos y signos, especialmente en la Santa Misa... Todo está sabiamente organizado para la alabanza debida a Dios, y para que la Liturgia ayude en orden a la educación del ser humano.

2. Las Celebraciones Litúrgicas

Cada celebración litúrgica tiene un triple significado:

Es un sagrado Recuerdo de los acontecimientos importantes de la vida de Cristo, de su Madre Santísima y de los santos.

Es la Presencia real de Cristo en las celebraciones litúrgicas, a través de las que concede gracias espirituales a todos los que participan, de acuerdo con la finalidad última de la Iglesia, que es salvar a todos los hombres de todos los tiempos.

Es la constante Espera del cumplimiento del anuncio profético del establecimiento del Reino de Cristo en la tierra, y de llegar un día a la patria celestial.

3. El Año Litúrgico

El Año litúrgico es el desarrollo de los misterios de la vida, muerte y resurrección de Cristo, junto a la evocación de María Santísima y de los santos, que nos propone la Iglesia a lo largo del año. Nos invita a vivir, y no sólo recordar, la historia de nuestra salvación; a actualizar las etapas más importantes del plan salvífico de Dios, a través de las fiestas y celebraciones.

El Concilio Vaticano II presenta el año litúrgico con estas palabras: “La santa madre Iglesia considera deber suyo celebrar con un sagrado recuerdo, en días determinados a través del año, la obra salvífica de su divino Esposo”. (SC, 102)

Habla de “días determinados”, y poco más adelante especifica que la festividad del día del Señor debe ser realizada cada semana. Luego prosigue apuntando la celebración de la resurrección de Cristo una vez al año, para concluir diciendo: “en el círculo del año, desarrolla todo el misterio de Cristo”.

Para los católicos, el tiempo litúrgico es el espacio, el momento de la gracia, en la que la Trinidad ha entrado en nuestra historia humana de forma definitiva, en la “plenitud de los tiempos”, con la encarnación del Hijo Unigénito.

Desde entonces, el “tiempo” para el cristiano es “memorial” del Misterio Pascual de Cristo Jesús, centro y culminación de toda la historia de la salvación, momento cumbre que resume y actualiza, con la eficacia de la especial presencia de Cristo en toda acción litúrgica, todas las intervenciones de Dios en nuestro auxilio.

Y esto es lo que quiere celebrar la Iglesia a través del Año litúrgico. Las fiestas y los tiempos del calendario litúrgico no son solamente “aniversarios”, o una mera repetición de los momentos históricos de la vida de Jesús: son la celebración de su presencia, la actualización, en el “hoy” de nuestro tiempo, de todo su Misterio, de la salvación que el Padre, por Jesucristo y con el Espíritu Santo, nos comunica en nuestro “aquí y ahora”.

Los días determinados que constituyen todo el año litúrgico, son “signos sagrados”, impregnados de la presencia salvífica de Jesucristo, que renuevan y actualizan el mismo Misterio, centrado en la pasión, muerte, resurrección y glorificación del Señor.

De esta manera, cada año podemos asemejarnos más a Él, no sólo en un sentido de imitación, sino en el plano sacramental de su vida misma, que nos hace hijos de Dios como Él es Su Hijo, y hace de nuestra vida un culto agradable al Padre (Cfr. Rom 8,29.12,1).

Por eso a la celebración de los Misterios de Cristo, a lo largo del año litúrgico, la Iglesia unió, ya a partir de los primeros siglos de su historia, la celebración de los mártires, de la Virgen María y de los Santos: María, como la persona que está inseparablemente unida a la obra salvífica de su Hijo, y los santos, como aquellos en los que se ha cumplido ya definitivamente el misterio pascual de Cristo, que es el nacimiento a la Vida Eterna junto al Padre (Cfr. SC 103-104).

Los Santos son los cristianos que, de manera ejemplar y heroica, dieron testimonio de Cristo y colaboraron en la difusión del Reino entre los hombres. Además, gracias a sus méritos unidos a los de Cristo, son poderosos intercesores ante Dios, lo que nos da la confianza de implorar su ayuda en nuestras necesidades. De este modo, las fiestas litúrgicas de los Santos nos permiten experimentar la “Comunión de los Santos”, sintiéndonos miembros de la gran familia de Dios, que abarca el cielo, la tierra y también el purgatorio. Tal es el caso del día de los Fieles Difuntos (2 de Noviembre) en el que recordamos particularmente a estos hermanos en su última purificación, con la esperanza de alcanzar también nosotros la salvación.

Cada año litúrgico es, pues, una nueva oportunidad de gracia y de presencia del Señor de la Historia en nuestra propia historia, tanto personal como comunitaria o social. El Eterno viene a nosotros en el tiempo, para hacernos semejantes a Él.

4. El Domingo, día del Señor

El Domingo cristiano no es un simple día de descanso, o una parte del “fin de semana”, en el que “una de las cosas que hay que hacer” es ir a Misa. Es un día totalmente iluminado por la luz del Resucitado. Es un día especial de gracia y de oportunidad para estar en contacto directo con el Creador. De hecho, su mismo nombre, “domingo”, proviene de la palabra latina “dominus”, que quiere decir “Señor”.

La Santa Misa es el momento más grande y noble del Domingo cristiano, que debe regir por completo la vida de todo fiel. Pero eso no es todo. No basta con haber participado en la Misa para decir que ya se ha vivido y “santificado la fiesta”, como quien debe cumplir una obligación.

Todo el Domingo cristiano debe de ser una celebración del Señor Jesucristo. Es el día en que los cristianos dejan de ser “hombres de la máquina”, del escritorio y del trabajo febril, para recordar que son libres y resucitados en Cristo. Un día para elevarse a las cosas eternas, con la oración, con la participación en los divinos misterios, la meditación de la Palabra de Dios, viviendo el sacramento del perdón, la comunión sacramental, etcétera. Además, y casi como consecuencia de esta “liberación pascual”, sobreviene la alegría, el encuentro gozoso con familiares y amigos y el sano esparcimiento.

Es muy importante siempre, pero ese día en particular, el prestar atenta vigilancia a los medios y a los contenidos a través de los cuales nos distraemos y entretenemos.

El Domingo, como muchas realidades litúrgicas, se relaciona con Cristo Resucitado, en una forma misteriosa, que abarca el pasado, el presente y el futuro:

El pasado, porque recuerda, efectivamente, que Jesús resucitó un Domingo, hace casi dos mil años en Jerusalén, dando comienzo así a una nueva creación; abriendo las puertas del Cielo para todos nosotros.

El presente, porque cada Domingo, Jesucristo renueva su encuentro con la Iglesia y la humanidad, para comunicarle su vida divina, que es vida de resurrección.

El futuro, porque el Domingo nos deja anticipar la última venida gloriosa de Cristo entre los hombres, ese “domingo sin ocaso” que sin duda llegará; para inaugurar el triunfo final, el eterno Domingo de la alegría celestial.

El Domingo nos recuerda también el día de nuestro bautismo: Con el bautismo, hemos muerto y resucitado con Cristo. El Bautismo es nuestra Pascua de Resurrección, nuestra entrada en el mundo nuevo y en la nueva humanidad, creada por Jesucristo a través de Su Iglesia.

En la Constitución sobre la Liturgia, el Concilio Vaticano II dice:
“La Iglesia, por una tradición apostólica, que trae su origen del mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón “día del Señor” o domingo. En este día los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la Pasión, la Resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios, que los «hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (I Pe, 1,3). Por esto el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo. No se le antepongan otras solemnidades, a no ser que sean de veras de suma importancia, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico.” (Sacr. Conc. 106)

Es fácil ver como, para celebrar dignamente el Domingo, no basta una Misa oída a la rápida y a la ligera. Todo el domingo debe vivirse en un clima particular que consagra aún el descanso y las distracciones. Es un día dedicado a Dios y es “para” Dios, no un día común que se diferencia de los otros por el solo hecho de que no hay trabajo o escuela, en el que podamos dar rienda suelta a la imaginación, a la hora de hacer lo que no podemos hacer el resto de la semana.

Hay muchas formas de “santificar” verdaderamente el domingo, además de asistir con la debida disposición a la Santa Misa. Puede ser muy bueno y fructífero, por ejemplo, aprovechar ese día para ir a visitar (si es posible y conveniente en familia) a algún enfermo, o algún anciano o anciana que se encuentre en soledad, aprovechar para rezar con calma y meditando en familia; comentar y reflexionar acerca de las Lecturas bíblicas de ese día; visitar por algunos minutos al Señor en el Sagrario junto con el cónyuge y los hijos, o los nietos... realizar alguna obra de misericordia... En fin, hacer algo que le pueda agradar a Dios, que sea de provecho espiritual para uno, y que al mismo tiempo edifique a los demás.

5. El Calendario Litúrgico

El año litúrgico no coincide con el año civil, sino que comienza cuatro domingos antes de Navidad, y termina con la semana correspondiente al domingo de la festividad de Cristo Rey.

Este calendario tiene fiestas fijas y movibles. Las primeras –como su nombre lo sugiere- se celebran siempre en la misma fecha (por ejemplo Navidad), mientras que las otras, dependen de antiguas consideraciones calendarias del pueblo judío.

Así por ejemplo la Pascua, que oscila entre el 22 de marzo y el 25 de abril, que para nuestra era, corresponde al Domingo de Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, y cuya fecha específica se calcula conforme a los ciclos lunares, según la antigua usanza, como veremos más adelante.

“La ordenación de la celebración del año litúrgico se rige por el calendario, que puede ser general o particular, según esté concebido para uso de todo el rito romano o para alguna iglesia particular o familia religiosa” (Normas universales sobre el Año litúrgico y el Calendario –NUALC-, 48). Así define nuestra Iglesia el objeto del calendario litúrgico y se establece el ámbito de su contenido, según se trate del calendario general o de los calendarios particulares.

El calendario general contiene el ciclo total de las celebraciones del misterio de Cristo, dispuestas en los días propios del año. A éstas se unen las fiestas de la Virgen Santísima y del santoral, de acuerdo con la Constitución sobre la Liturgia.

Los calendarios particulares siempre deben de combinarse con el calendario general, respetando las fiestas sobre los misterios de la Salvación y santos de importancia universal, y recogen aquellas celebraciones propias o más relevantes de las iglesias particulares (es decir de las Diócesis o Arquidiócesis), o de las familias o congregaciones religiosas, generalmente en honor de los santos y beatos que tienen alguna vinculación especial con éstas.

El calendario general es obligatorio para todos los fieles del Rito Romano, mientras que los calendarios particulares lo son en el ámbito propio (de las Diócesis, de la Conferencias Episcopales o de las Congregaciones).

Ahora bien, algunas fiestas no han tenido nunca un día fijo. Son las llamadas “fiestas movibles” o “fiestas móviles”, que varían cada año juntamente con la solemnidad de la Pascua, de la cual dependen. Las fiestas fijas se celebran todos los años en el mismo día del mes, salvo el traslado incidental u omisiones, producidos por las fiestas importantes o las movibles.

Por ejemplo, este año de 2009, la fiesta de la Visitación de la Virgen María (31 de Mayo de 2009) coincide con Pentecostés; por lo tanto, la fiesta directamente se omite. Del mismo modo, la fiesta de la Cátedra del Apóstol San Pedro (22 de Febrero de 2009) coincidió con el 7º Domingo del Tiempo Ordinario, y por lo mismo, se omitió. En otros casos, en vez de omitirse, las fiestas se trasladan a otra fecha cercana más apropiada.

6. Cómo se calcula el Domingo de Resurrección

La Solemnidad de la Pascua de Resurrección (cuya fecha ha estado siempre vinculada con la pascua de los judíos, que se celebra el 14 de Nissán, mes que cae entre el 13 de marzo y el 11 de abril de nuestro calendario), tiene una variación que, como decíamos antes, va desde el 22 de marzo, como fecha más temprana, hasta el 25 de abril, como fecha más tardía.

En el Concilio de Nicea (celebrado en el año 325 d. C.) se impuso la obligatoriedad de celebrar la Pascua el primer domingo después del plenilunio (Luna llena) posterior al inicio de primavera. Esto, debido a que según la Biblia, Cristo murió en el mes judío de Nissan, es decir, en plena primavera del hemisferio norte. Sin embargo, si el plenilunio sucede en un domingo, la Pascua se fijará para el domingo siguiente.

En el calendario litúrgico, la Pascua más temprana posible es cuando la Luna llena cae justamente el 21 de marzo, y este día es sábado. La Pascua sería entonces al día siguiente, es decir, el 22 de marzo.

Por el contrario, la fecha más tardía posible es cuando la Luna llena toca el 20 de marzo, y el siguiente plenilunio cae el 18 de abril (exactamente veintinueve días después, que es el tiempo que dura un ciclo lunar completo). Si además este día resulta ser domingo, la Pascua será el domingo 25 de abril (es decir, el domingo siguiente al día de la primera Luna llena primaveral, tal como establece la norma de Nicea).

Lo cierto es que esta movilidad afecta no sólo a las fiestas que están relacionadas con la Pascua, sino también al número de semanas de duración del Tiempo Ordinario, en su primera parte, que tiene lugar entre el domingo del Bautismo del Señor y el comienzo de la Cuaresma, y después, en su segunda parte, que se inicia a partir del domingo de Pentecostés y dura hasta el comienzo del nuevo año litúrgico, en Adviento.

Cada año, la fijación de la fecha de la Fiesta de Pascua (y por lo tanto de las restantes celebraciones del calendario), dio lugar al llamado cómputo eclesiástico o conjunto de cálculos que se realizan para determinar la correspondencia entre los ciclos lunar (del que depende la fecha de la Pascua), solar y litúrgico, resolviendo, a partir de ellos, datos como la epacta (tabla numérica de diferencias entre el año solar y el lunar, que rige el orden del rezo divino), el número áureo (ciclo lunar) la indicción (ubicación del año en cuestión, dentro de períodos de 15 años establecidos en el calendario cristiano) y las letras dominicales (los días de la semana y las fechas en que caen los domingos).

Las nociones principales del cómputo eclesiástico se recogían en los libros litúrgicos anteriores al Concilio Vaticano II. Actualmente, el Misal Romano y la Liturgia de las Horas insertan al principio (junto con el calendario general y la tabla de la precedencia de los días litúrgicos), las tablas de las principales fiestas movibles del año litúrgico para un período determinado de años.

Para una buena referencia del calendario litúrgico para éste u otros años, te invitamos a visitar el sitio en internet: http://servicioskoinonia.org/biblico/calendario/index.php

7. Historia del Calendario Litúrgico

Debe quedarnos claro que lo más importante del año litúrgico no son los días, sino lo que celebramos en esos días. Por lo tanto, el año litúrgico no es una simple idea, o una organización complicada, sino la persona de Jesucristo y su Misterio, que actúa en el tiempo, y que nosotros hoy celebramos sacramentalmente.

Este misterio de Cristo (vida, pasión, muerte, resurrección, ascensión) la Iglesia lo ha celebrado al principio como “concentrado” en un día: el primer día de la semana, el Domingo. Este núcleo del año litúrgico, que conocemos como Misterio Pascual, se fue desplegando y distribuyendo en el resto del año, a los largo de los siglos. Es decir, que en vez de celebrar “todo el misterio de Cristo” en un solo día, la Iglesia empezó a celebrar un día el Nacimiento de Jesús, otro la Pasión, otro día la Resurrección, y así sucesivamente.

Primeros años: Sólo La Pascua
En los primeros años de la Iglesia, el centro vital único de la predicación, de la celebración y de la vida cristiana era la Pascua del Señor. Recordemos las primeras predicaciones de san Pedro (Hech 2,22-36) en las que hace referencia a esta celebración central de la fe cristiana. Este dato es pues muy importante: El culto de la Iglesia, la celebración de la Liturgia, nació “de” la Pascua y “para” celebrar la Pascua, que es el Misterio Central de nuestra Fe.

En los primeros años, no se celebraban LOS Misterios, sino EL Misterio de Cristo. Y esta celebración tenía su única manifestación en una fiesta única: el Domingo, y con una única denominación: “Día del Señor”. No había día de la Trinidad, de la Natividad, de la Ascensión, etc. Sólo existía “el Día del Señor”.

Muy pronto, seguramente por influencia de las comunidades cristianas que procedían del judaísmo, surgió la idea de celebrar la Pascua de un modo especial una vez al año, como un gran Domingo. Así, lo que se celebraba cada Domingo, se celebraría de un modo más solemne una vez al año.

Lo mismo que los judíos celebraban la fiesta de la pascua judía anual, los cristianos empezaron a celebrar la Pascua del Señor de forma especial: se empezaba al anochecer, seguía la celebración durante toda la noche hasta el amanecer, se leía toda la pasión, para terminar con la celebración de los bautismos y la Eucaristía.

El Triduo Pascual y la Cuaresma
Después del siglo IV, al ver la necesidad de contemplar y revivir cada uno de los momentos de la pasión, prevaleció el criterio de celebrarlos en varios días. Así nació el Triduo Pascual.

La noche de pascua se celebraba el bautismo de los catecúmenos (desde el siglo III) y el Jueves Santo por la mañana se celebraba la reconciliación de los penitentes (desde el siglo V). Estas celebraciones necesitaban de preparación. Entonces, nació un tiempo de “preparación para el bautismo y para la reconciliación”. Se inspiraron en los cuarenta años de los israelitas en el desierto y en los cuarenta días de Jesús en el desierto. Así surgió la Cuaresma.

Esta preparación tenía contenidos fijos: Jesús, Fuente de agua viva (pasaje bíblico de la Samaritana, Jn 4,5-42), Jesús, Luz (pasaje del ciego de nacimiento, Jn 9,1-41) y Jesús, Vida (pasaje de la resurrección de Lázaro, Jn 11,1-45). Todavía seguimos escuchándolos en los domingos tercero, cuarto y quinto del “ciclo A”. La idea es marcar el proceso de preparación para tomar a Jesús como agua, luz y vida.

Adviento-Navidad
El ciclo de Navidad nació en el siglo IV, de manera independiente al Misterio Pascual. Surgió de la necesidad observada, de apartar a los fieles de las celebraciones paganas e idolátricas del sol, que tenían lugar en Roma en el solsticio de invierno (cuando la luz del sol comienza otra vez a crecer).

Más tarde, las reflexiones teológicas del siglo IV encontraron en la Navidad una ocasión para afirmar la auténtica fe en el Misterio de la Encarnación. Y, al final del siglo IV, se estableció un paralelismo entre este ciclo y el ciclo pascual. Así se empezó a establecer un período “preparatorio para la Navidad” que duraría de cuatro a seis semanas. ¡Nació el Adviento!

Veneración a la Virgen María y a los santos
El memorial de los santos es antiquísimo. Nació unido al Misterio Pascual, en el sentido de que, al igual que Cristo había derramado su sangre en la muerte y había resucitado glorioso, así también los santos, dando testimonio de su fe, se hicieron enteramente semejantes a Jesús en el acto supremo de la cruz (mártires) o en las virtudes reflejadas en su vida, para luego ser glorificados en el cielo.

La veneración a la Virgen Santísima y sus fiestas, es posterior a la de los santos. Se desarrolló a partir del concilio de Éfeso (año 431), y sobre todo durante los períodos de Adviento y Navidad, en los que se celebraba su maternidad.

El mes de mayo, mes dedicado a María, no se lo estableció sino hasta la Edad Media, cuando los cristianos habían perdido la lengua y el conocimiento del latín y, por tanto, no “vivían” la celebración ni el año litúrgicos.

Con este esquema histórico (dicho sea de paso muy resumido), nos damos cuenta de que el año litúrgico y su calendario no se formó sobre la base de un plan organizado de antemano. No se pensó en programar el año litúrgico, sino que se formó y creció a partir de la riqueza interna del Misterio de Cristo y de las situaciones históricas que vivían los cristianos a los cuales había que dar una respuesta pastoral. Una vez desarrollado el esquema de las fiestas del año litúrgico, vino la reflexión teológica que le dio unidad.

8. La reforma al Calendario Litúrgico del Concilio Vaticano II

Esta forma de presentarse el desarrollo del Año Litúrgico conlleva la realidad de que, con el tiempo, se habían introducido tantas fiestas de santos, novenas, y piedades populares, que se había perdido la visión general de su sentido original. Las fiestas de los santos habían cubierto lo central, al punto que llegaban a eclipsar (o distraer la atención de) el Misterio Pascual.

Por ello, Pío X y Juan XXIII, antes del Concilio Vaticano II, habían dado normas para devolver al Domingo la dignidad primitiva, de modo que todos lo considerásemos como la fiesta principal.

Pío XII decretó reavivar la solemne vigilia de la noche pascual, en la cual el pueblo de Dios renueva su alianza con Cristo Resucitado.

Como aplicación de las normas fijadas por el Concilio Vaticano II, Pablo VI publicó las “Normas Universales sobre el Año litúrgico y el Calendario” (conocidas también por sus siglas como “NUALC”).

“Revísese el año litúrgico de manera que, conservadas y restablecidas las costumbres e instituciones tradicionales de los tiempos sagrados de acuerdo con las circunstancias de nuestra época, se mantenga su índole primitiva para alimentar debidamente la piedad de los fieles en la celebración de los misterios de la redención cristiana, muy especialmente del misterio pascual.. Oriéntese el espíritu de los fieles, sobre todo, a las fiestas del Señor, en las cuales se celebran los misterios de la salvación durante el curso del año. Por tanto, el ciclo temporal mantenga su debida superioridad sobre las fiestas de los santos, de modo que se conmemore convenientemente el ciclo entero del misterio salvífico” (SC 107-108).

Para reformar el Año Litúrgico, el Concilio se inspiró en los criterios de la Tradición y de la simplificación. Se reestructuró con mayor lógica y con una organización más clara y lineal. Así se evitaban los duplicados de fiestas y sobre todo se expresaba la centralidad del Misterio de Cristo con su culminación en la Pascua.

9. La estructura actual del año litúrgico

Después de la reforma del Concilio Vaticano II, el Año Litúrgico está estructurado de la siguiente forma:

• Comienza con el ciclo de Adviento-Navidad. Este ciclo (Adviento-Navidad) está dividido en dos tiempos: uno de preparación a la Navidad, que es el Adviento y otro el de Navidad-Epifanía.

El Adviento debe estar compuesto por cuatro Domingos. El primer día del Adviento no tiene un día fijo todos los años. El único día fijo es el 25 de Diciembre, día en que se celebra el nacimiento de Jesús en Belén. Por eso, algunos años comenzará un Domingo de Noviembre y otros uno de Diciembre. Sólo un dato es fijo: el primer día será Domingo.

• El centro de todo el año litúrgico, y la primera celebración que se estableció, es la Pascua de Resurrección. A partir de allí surgen dos tiempos litúrgicos: un tiempo de preparación, que es la Cuaresma y otro de conmemoración, que es el Tiempo de Pascua.

La Cuaresma no tiene otro sentido que prepararse para vivir la Pascua con toda su intensidad. Este día de Pascua no tiene una fecha específica en el calendario. Como se dijo anteriormente, Pascua es el primer Domingo después de la luna llena de primavera.

La Cuaresma se conforma por cuarenta días, que van desde el Miércoles de Ceniza hasta la Semana Santa. El Triduo Pascual: Jueves, Viernes y hasta el Sábado por la tarde, se considera todavía como parte de la Cuaresma.

El tiempo Litúrgico conocido como Pascua, dura cincuenta días: Comienza el Domingo de Resurrección y dura hasta la Pascua de Pentecostés.

• Todo el resto del tiempo que queda en el calendario es llamado Tiempo Ordinario. Está dividido en dos partes: la primera comienza después del Tiempo de Navidad (después del Bautismo de Jesús), y sigue hasta que comience la Cuaresma. Y la segunda, una vez terminado el Tiempo Pascual, con el día de Pentecostés, sigue el Tiempo Ordinario el Domingo siguiente, continuando la numeración dominical que se dejó antes de empezar la Cuaresma.

En general, el Tiempo Ordinario tiene un total de 34 semanas y termina con la fiesta de Cristo Rey. Este es el último domingo del Tiempo Ordinario y a partir del siguiente comienza el Adviento de un nuevo año. La festividad de Cristo Rey marca lo último que ocurrirá en la historia: Dios por Cristo y con el Espíritu Santo reinará en todo en todos.

La Iglesia ha organizado tres ciclos: A, B y C, cada uno representando un año litúrgico completo. Estos ciclos son rotativos, de tal manera que cada tres años se repite nuevamente la nomenclatura de años. Por ejemplo, este año 2009, nos encontramos en el Ciclo B; dentro de tres años, es decir, en el 2012 se inicará nuevamente el Ciclo B, y en el año 2014 estaremos en el Ciclo A.

La división en ciclos de los años se ha realizado en función de las lecturas correspondientes a la liturgia de cada día. La Sagrada Escritura ha sido dividida, desde el Concilio Vaticano II, en tres ciclos completos de lecturas, de tal manera que, quien asistiera a Misa todos los días, durante tres años seguidos, conseguiría escuchar casi toda la Palabra de Dios, es decir, toda la Biblia, ya que en la Primera Lectura, se toman pasajes del Antiguo Testamento; en la Segunda Lectura, pasajes del Nuevo Testamento, posterior a la vida terrena de Jesucristo, Los Salmos son leídos casi en su totalidad, y el Evangelio, que abarca los cuatro Evangelistas, se lee casi por completo en los tres ciclos.

En los próximos números de Jesucristo Vivo analizaremos con cierto grado de profundidad cada uno de los Cinco Tiempos Litúrgicos (Adviento, Navidad-Epifanía, Tiempo Ordinario, Cuaresma y Pascua)

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