Santa María Magdalena: El amor y la gratitud

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¡María Magdalena! La sola mención del nombre de esta mujer ha encendido la imaginación de millones de personas a lo largo de los dos mil años que transcurrieron desde que ella recorrió los caminos de Israel junto a Jesús y sus discípulos.

Grandes santos, como Santa Teresa de Liseux, la tomaron de ejemplo para guiar sus vidas, y también grandes enemigos de Cristo y su Iglesia utilizaron su nombre, para asestar puñaladas tendientes a lastimar a Cristo en su Iglesia. Podemos citar entre los últimos al tristemente célebre “Código da Vinci” (2003), que hizo millonario a su inescrupuloso autor (Ver Jesucristo Vivo no. 10).

La verdad es que las Sagradas Escrituras hablan muy poco sobre María Magdalena, pese a que ella estuvo muy cerca de los discípulos de Jesús. Esto ha permitido que a lo largo de los años, se vayan tejiendo muchas conclusiones, leyendas, cuentos y novelas, que de una u otra manera señalan que ella nos trae un mensaje importante.

Vale la pena detenerse, conocer y considerar este material que sin duda nos puede aportar algo más de conociemiento.

¿Quién fue María Magdalena?

Existe alguna controversia acerca de la identificación de María Magdalena en los Evangelios, puesto que así, con su nombre completo (como María Magdalena o María de Magdala) aparece en Mateo 27,56, Marcos 15,47 y Lucas 8,2, pero es posible también concluir que otras mujeres, tales como María, la hermana de Lázaro y Martha, María de Betania, la mujer pecadora que ungió los pies de Jesús, o la mujer adúltera a la que quisieron apedrear fuesen la misma mujer, como veremos más adelante.

Sin embargo, lo indudable es la importancia que tuvo, ya que el Evangelio la sitúa claramente en dos momentos culminantes: Ella está al lado de María, al pie de la Cruz, y es a ella a la primera persona a quien se aparece Jesús, después de haber resucitado, dándole el encargo de anunciar su resurrección a los apóstoles, lo que hizo que la tradición de la Iglesia la hubiese llamado en Oriente “isapóstolos” (igual que un apóstol) y en Occidente “apostola apostolorum” (apóstol de los apóstoles).

La pecadora penitente

La tradición cristiana occidental (católica), aunque sin apoyarse en evidencias textuales bíblicas, ha identificado con María Magdalena a otros personajes citados en el Nuevo Testamento.

Beda dice: “María Magdalena es aquella misma de quien Lucas dijo en el capítulo precedente, callando su nombre, que había hecho penitencia. Con toda oportunidad el evangelista la da a conocer con este nombre, cuando dice que seguía a Jesucristo. Pero cuando la describe como pecadora (pero penitente), la llama solamente mujer, para no empañar un nombre de tanta fama con el recuerdo de los pasados extravíos, de quien se dice habían salido siete demonios, significando que había tenido todos los vicios.” (Catena aurea ES 9801)

San Gregorio Magno aclara: “Evang. hom. 33. “¿Qué se entiende por siete demonios, sino todos los vicios? Pues como en siete días se presenta todo el tiempo, así el número siete representa la universalidad. María tuvo siete demonios, porque había cometido toda clase de pecados.” (Catena aurea ES 9801)

Todo parece arrancar de la mención que hace Lucas 8,2, donde se dice, esta vez refiriéndose claramente a María Magdalena, que de ella “habían salido siete demonios”. Ya tenemos entonces un claro punto de partida: María Magdalena fue sanada de sus muchos pecados por Jesús, lo que la llevó a unirse al grupo de discípulos que lo seguían.

Desde muy antiguo, también se asoció a la Magdalena con María la de Betania que es mencionada en Lucas 7,36-50, igual que con la mujer adúltera que Jesús salvó de la lapidación. Sin embargo, es menester aclarar que, independientemente de que haya o no sido la misma María, en ninguno de los pasajes de la Biblia se menciona que hubiera sido prostituta.

Además, durante los primeros siglos de la Iglesia (IV al VI), se la identificaba como a la pecadora que lavó los pies de Jesús con perfume y los secó con sus cabellos (Marcos 14,3-8 y Mateo 26,6-13), y con la mencionada María de Betania, que se supone era la hermana de Martha y Lázaro.

De esta manera se pinta (uniendo todos esos personajes bíblicos), a María Magdalena, como una prostituta de muy buena posición económica y social, que fue encontrada en adulterio infraganti, y que fue llevada ante Jesús como una trampa para ver si Él aprobaba la lapidación.

Al ver ella la sabiduría con la que Jesús la libró de semejante muerte, y además de la bondad de sus acciones y sus palabras, cuando le dijo que Él tampoco la condenaba y que sus pecados habían sido perdonados, María se convierte, y comienza a seguir a Jesús con los demás discípulos, y aprovecha cuanta oportunidad se le presenta para demostrarle su amor, su agradecimiento y su conversión, halagando al Maestro, ungiéndolo en los pies y los cabellos con perfumes y aceites.

Ese amor, su dedicación y su entrega total al Maestro (puesto que dejó todo, y además estaba entre las mujeres que ayudaban económicamente al grupo), hizo de ella un personaje distinguido, siempre presente, siempre solícito, valiente y leal.

Por otra parte, al quedar las mujeres relegadas a un segundo plano de servicio y atención, como se acostumbraba en esa época, es fácil suponer que entre María la Madre de Jesús, y la Magdalena, se crearon lazos de profunda amistad y cariño de tanto compartir trabajos, descansos, campamentos y caminatas en las que iban una al lado de la otra, conversando y compartiendo todo.

Según la tradición ortodoxa, María Magdalena se retiró a Éfeso con la Virgen María y el apóstol Juan, y murió allí. En 886 sus reliquias fueron trasladadas a Constantinopla, donde se conservan en la actualidad. Gregorio de Tours corrobora la tradición de que se retiró a Éfeso, y no menciona ninguna relación con Francia.

Más adelante, sin embargo, surgió en el mundo católico una tradición diferente, según la cual María Magdalena (identificada con María de Betania), su hermano Lázaro y Maximino, uno de los setenta y dos discípulos, así como algunos compañeros, viajaron en barca por el Mar Mediterráneo huyendo de las persecuciones en Tierra Santa, y desembarcaron finalmente en el lugar llamado Saintes Maries de la Mer, cerca de Arlés.

Posteriormente, María Magdalena viajó hasta Marsella, desde donde emprendió, supuestamente, la evangelización de Provenza, para después retirarse a una cueva -La Sainte-Baume- en las cercanías de Marsella. Allí habría llevado una vida de penitencia durante 30 años. Según esta leyenda, cuando llegó la hora de su muerte fue llevada por los ángeles a Aix-en-Provence, al oratorio de “San Maximino”, donde recibió el viático. Su cuerpo fue sepultado en un oratorio construido por Maximino en Villa Lata, conocido desde entonces como St. Maximin.

La Magdalena y el Magisterio

La identificación entre todas esas Marías con la Magdalena, se vio consolidada durante un discurso que el Papa Gregorio dio en el año 591, en el cual dijo: “Ella, la cual Lucas llama la mujer pecadora, la cual José llama María [de Betania], nosotros creemos que es María, de quien siete demonios fueron expulsados, según Marcos.” Por eso la leyenda posterior hace que pase el resto de su vida en una cueva en el desierto, haciendo penitencia y mortificando su carne, y son frecuentes en el arte occidental las representaciones de “Magdalena penitente”.

Difundida por los teólogos de los siglos III y IV, esta teoría gozó de mucha popularidad en el siglo XIX y constituyó un tema frecuente en la iconografía de la época.

Esta tradición, se conserva aún en nuestros días, ya con su inseparable etiqueta: María Magdalena, la prostituta arrepentida (o penitente), a tal grado, que se erigieron muchas iglesias dedicadas a ella, como por ejemplo la iglesia de Vézelay, donde se decía que ella estaba enterrada, y se guardan documentos de peregrinaciones que datan desde el año 1030.

El 27 de abril de 1050, una bula del papa León IX colocaba oficialmente la abadía de Vézelay bajo el patronazgo de María Magdalena. Santiago de la Vorágine cuenta la versión oficial del traslado de las reliquias de la santa, desde su sepulcro en el oratorio de San Maximino en Aix-en-Provence hasta la recién fundada abadía de Vézelay, en el año 771.

Sin embargo San Maximino de esta leyenda es un personaje que combina rasgos del obispo histórico Maximino con el Maximino que según la leyenda acompañó a María Magdalena, Marta y Lázaro a Provenza.

Un culto posterior que atrajo numerosos peregrinos se inició cuando el cuerpo de María Magdalena fue oficialmente descubierto, el 9 de septiembre de 1279, en Saint-Maximin-la-Sainte-Baume, Provenza, por el entonces príncipe de Salerno, futuro rey Carlos II de Nápoles. En esa ubicación se construyó un gran monasterio dominico, de estilo gótico, uno de los más importantes del sur de Francia.

En 1600, las reliquias fueron depositadas en un sarcófago mandado realizar por el papa Clemente VIII, pero la cabeza se depositó aparte, en un relicario.

Las reliquias fueron profanadas durante la Revolución Francesa. En 1814 se restauró el templo y se recuperó la cabeza de la santa, que se venera actualmente en ese lugar.

La Iglesia Católica en nuestros días, la conoce como “Santa María Magdalena”, y desde 1969, se retiró de la liturgia el apelativo de “penitente”, se cambió la lectura de Lc 7,36-50 sobre la mujer pecadora que se leía en su festividad, y dejó de considerarla como una prostituta arrepentida. Pese a todo ello, aún en nuestros días la idea dominante entre la generalidad de los católicos, tal y como la hemos explicado líneas arriba, continúa siendo la misma.

Sin embargo, la figura de María Magdalena como prostituta penitente, ha inspirado a muchos santos a lo largo de la historia. Podemos mencionar entre ellos, a Santa Teresa de Liseux o Santa Teresita del Niño Jesús, mística ejemplar y doctora de la Iglesia, quien contemplaba a menudo a la Magdalena a los pies de la cruz.

Un fragmento muy hermoso de su vida lo relató el P. Antonio María Sicari, OCD en su conferencia “Santa Teresa del Niño Jesús y los sacerdotes”, cuando relata:

“Era un domingo de julio de 1887. La adolescente Teresa Martin, al final de la Misa, cierra su libro de oraciones y he aquí que una imagen de Jesús Crucificado asoma por el margen: se ve sólo la mano clavada de Jesús y las gotas de sangre que parecen caer al vacío...

A continuación contará haber sentido una gran pena «al pensar que esa Sangre caía a tierra sin que nadie se precipitara a recogerla...» y que se había prometido a sí misma pasar la vida a los pies de la Cruz, para recoger la valiosa sangre de Cristo y donarla a las almas.

Iniciaba de este modo la misión eclesial de Teresa de Lisieux”

Otra destacada santa y mística de la Iglesia, Santa Teresa de Ávila, decía haber recibido inspiración y ayuda de María Magdalena mediante un llamamiento a la penitencia que la santa experimentó ante una imagen de la Pasión del Señor: “Sentí que Santa María Magdalena acudía en mi ayuda... y desde entonces he progresado mucho en la vida espiritual”.

La figura de Santa María Magdalena para los católicos de hoy, sigue siendo la del mejor ejemplo de una persona convertida:

Sin duda, todos y cada uno de nosotros hemos sido sanados por Cristo en cuerpo o en espíritu alguna vez, entonces María Magdalena nos muestra cómo debiéramos actuar hoy: halagando y sirviendo a Jesús en todo momento, sin temores ni miramientos sociales, poniéndonos de rodillas ante ese Cristo que nos libera, y esparciendo sobre su Cuerpo Místico (La Iglesia, representada en cada uno de los necesitados), los perfumes que muy mal haríamos si conservamos para nosotros: el dinero que nos sobra, los lujos innecesarios, el tiempo que perdemos, las capacidades que no utilizamos, el amor que no entregamos, etcétera.

María Magdalena, la “apóstol de los apóstoles”, es y seguirá siendo, en la vida de los católicos, esa mujer que, gracias a su devoción a Jesús, recibe el galardón de ser la primera persona en verlo resucitado, la primera enviada con el mensaje que seguramente resonaba con júbilo aquella madrugada en los cielos: “Jesús está vivo, ha resucitado”.

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