¿Soy libre para elegir...?

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Una enorme cantidad de personas, quizás la mayoría de los seres humanos, tienen la sensación de que no son plenamente libres. En consecuencia, sienten que, si de verdad pudieran “decidir sobre su propia vida”, las cosas serían absolutamente distintas.

Sin llegar a ser complicado, este tema es relativamente complejo, porque abarca una serie de aspectos que es necesario analizar. El problema es que muchas veces no disponemos del tiempo, o de la tranquilidad, o de la orientación necesaria, para poder detenernos a pensar en todos los factores que intervienen en este asunto y así poder llegar a conclusiones verdaderamente edificantes.

Lo mismo ocurre en relación con otros temas, que en mayor o menor medida “nos dan vueltas por la cabeza”, y que por estar relacionados con nuestra vida espiritual, sería muy recomendable prestarles la debida atención.

Es por ese motivo que tu revista, Jesucristo Vivo (JCV), ha decidido generar este espacio de reflexión sobre diversas cuestiones que hacen a la vida cotidiana de nuestros lectores, y de “todo el mundo”, en realidad...

Esperamos en Dios que en estas páginas (y en las que sucesivamente te acercaremos, a través de las próximas ediciones de JCV, abordando temas filosóficos y existenciales), encuentres algunos conceptos útiles para meditar acerca de la vida, puesto que, como decía el ex-Cardenal Ratzinger, mucho antes de ser proclamado Papa, “evangelizar es enseñarle a la gente el arte de vivir” (Cfr. Card. Josef Ratzinger, “La Nueva Evangelización”, Roma, 30 de junio de 2001).

Y no es, por supuesto, que nosotros nos sintamos “expertos” en este arte de vivir ni mucho menos, ¿verdad? Simplemente que, con la mejor de las voluntades, y apoyados en las tradicionales pero invariablemente frescas enseñanzas de nuestra Santa Madre Iglesia, procuraremos traerte, con un lenguaje simple, y apoyados en ejemplos actuales, la eterna sabiduría que Dios ha querido revelarnos siempre, a través de Su Iglesia, para que podamos alcanzar la felicidad.

En efecto, dijo Jesús a sus discípulos y a un grupo de fariseos: “... yo he venido para que tengan vida, y la tengan en plenitud” (Jn 10,10). Tener una vida en plenitud, una vida plena, es ser felices, es no necesitar nada más para sentirse realizados, y esa es la Voluntad del Padre para nosotros, que vivamos plenamente, por medio de las enseñanzas que Jesús nos trajo, y de las cuales Su Iglesia es sabia depositaria.

Ahora volvamos al asunto que tratamos hoy: La Libertad.

Existen muchas ideas, muchas “representaciones mentales” –para decirlo de una manera más apropiada— acerca de lo que es la “libertad”... Hay sobre ella representaciones colectivas (es decir, ideas compartidas por un grupo más o menos extenso de gente), y otras que son personales (o sea, individuales).

De hecho, podríamos decir, sin temor a exagerar, que casi cada persona tiene su propia idea o “representación” acerca de lo que es la libertad; y esto es así porque casi todos tenemos un modo personal de ejercerla, de “utilizarla”, o de “desearla”.

Pero... ¿qué es, en sí, la libertad? En general se piensa que una persona es libre cuando puede “hacer lo que quiere”, sin depender de otros; o dicho de otra manera, se considera que existe libertad cuando la voluntad de la persona no está atada o encadenada a otras voluntades.

Pero como veremos, este concepto es bastante limitado, pues en la práctica hay varios tipos de “cadenas” o “ataduras” que, sin estar relacionadas con la voluntad de terceras personas, muchas veces le quitan al ser humano (hombre o mujer) la verdadera libertad, y la posibilidad de desarrollarse plenamente.

Los vicios: un claro freno a la libertad

Entre las “cadenas” que quitan la libertad al hombre y a la mujer de hoy podemos citar, en primer lugar naturalmente, a los vicios. Mencionemos ahora, a modo de ejemplo, algunos de ellos:

1. El juego, que lamentablemente cada vez pareciera tener más adeptos, y que desde siempre ha llevado a la ruina a multitudes de familias. Comienza como un simple entretenimiento, en apariencia “sano”, pero luego va convirtiéndose en una terrible manía, de la cual es difícil sustraerse.

2. El alcohol, que consumido en exceso nubla la razón y entorpece al ser humano, llevándole a hacer cosas que en verdad no quiere hacer. Su abuso deteriora sensiblemente la salud física y mental del consumidor, y termina por anular su personalidad.

3. Las drogas, que al sustraer de la realidad a quien las consume, estropean su capacidad para relacionarse con los demás. Generan una fuerte dependencia, psicológica y física, de tal manera que el organismo “las pide” cada vez más, y la abstinencia de su consumo genera severos trastornos en el carácter del adicto.

4. El sexo y la pornografía, que están haciendo estragos, principalmente con nuestra juventud, la misma que (por falta de una formación adecuada, y debido al permanente bombardeo de los medios de comunicación), está separando cada vez más la idea del “placer sexual” del vínculo sagrado que el sexo tiene con el amor. Se busca sólo el placer físico inmediato, sin pensar en la trascendencia ni medir las consecuencias.

5. Los videojuegos y el Internet, caracterizados los primeros por promover la violencia, y el segundo por ofrecer un espacio alternativo de “realidad virtual”, alejan paulatinamente al jugador y al “cibernauta” de la “realidad real”. Ambos asuntos absorben especialmente a los más jóvenes, y les van quitando las posibilidades y el tiempo para poder formarse adecuadamente, para compartir y estrechar los vínculos de amor con sus familias, etcétera. (Ver Nota especial sobre el tema en Págs. 31-33).

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Una de las principales características de todos estos vicios, es que poco a poco van destruyendo la voluntad de la persona, de tal manera que quienes se inician en ellos, primero por diversión, por entretenimiento, para buscar un placer momentáneo “diferente”, etcétera, con el correr del tiempo y la repetición de la experiencia, van perdiendo la fortaleza para decir “no”, para hacer un alto en la práctica de aquello que les proporciona placer, y luego llegan a un punto en el cual no son capaces de encontrar el camino para salir de aquello.

La otra característica típica de estas adicciones es que habitualmente el adicto niega el carácter compulsivo (es decir, incontrolable) de su afición: No reconoce su adicción, lo que hace que, cuando verdaderamente esté dispuesto a aceptar que tiene un problema, ya sea en general bastante tarde; pues su voluntad estará totalmente deteriorada, y literalmente, no tendrá las fuerzas para salir del problema.

Algunos “vicios” del alma: Prejuicios, susceptibilidades y chismes

También existen otro tipo de “ataduras”, que si bien por su propia naturaleza no pueden ser caracterizadas como “vicios”, se convierten en hábitos muy perjudiciales y limitan grandemente la libertad del ser humano.

Tal es el caso, por ejemplo, de “los prejuicios” que nos impiden conocer mejor a los demás y nos niegan la posibilidad de sorprendernos gratamente con los aspectos positivos que, sin duda, todos tienen.

El término prejuicio surge de la conjunción de dos vocablos: el prefijo “pre”, que quiere decir “previo” o “anterior”, y el término “juicio”, que se refiere al “conocimiento” que proviene de un proceso mental más o menos complejo.

Así pues, un prejuicio es un “juicio previo” que elaboramos sobre algún objeto o asunto de la realidad, antes de conocerlo total y verdaderamente.

Como es lógico, la producción de estos “juicios previos” está influida por nuestras experiencias anteriores con objetos, situaciones o personas que, por algún motivo, consideramos similares a las que se nos presentan a la hora de “elaborar” los prejuicios.

Podemos decir que, en principio, los prejuicios son aquellos mecanismos intelectuales que nos permiten abordar diferentes objetos desconocidos de la realidad, de modo tal que no nos asusten, no nos sorprendan, no nos tensionen... por su novedad.

Entendidos así, los prejuicios serían sanos “dispositivos” de defensa de la personalidad, que impedirían su “desequilibrio” frente a cada situación nueva que se le presente. Desde esa perspectiva, los prejuicios son procesos que ayudan a “facilitar” el conocimiento y la adaptación del ser humano a su entorno...

Sin embargo, a causa de estos prejuicios, muchas veces por costumbre, por pereza o por extremada “cautela” -quizás producto de no pocos golpes en la vida-, tendemos a “encasillar” a las personas con rótulos que nosotros mismos les ponemos, y de ese modo nos impedimos el conocerlas en profundidad, el descubrir en ellas lo auténtico, lo propio y específico de su forma de ser. Y, lo que es peor, nos negamos a ver las transformaciones que el Espíritu Santo puede producir en ellas.

En efecto, es común que, cuando por algún motivo tuvimos un problema con cierta persona, tengamos la tendencia a esperar que, frente a situaciones más o menos similares, ellas actúen del mismo modo en que quizás alguna vez actuaron, con lo cual les negamos la oportunidad de reivindicarse y de mejorar. El problema se hace más complejo todavía porque a veces, no sólo nos ponemos a la defensiva frente a ellas, sino que incluso asumimos una actitud francamente ofensiva y hostil.

Dicho todo esto de un modo mucho más sencillo: con frecuencia los prejuicios nos llevan a “sospechar”, a esperar lo malo, a descreer, a negar el beneficio de la duda, e incluso a agredir a nuestros hermanos, ante la más leve –y muchas veces injustificada— creencia de que nos harán algún daño.

El modo en que los prejuicios afectan negativamente las relaciones humanas, y perjudican la consolidación y el fortalecimiento de las comunidades, podría ser objeto de un extenso tratado, que por supuesto no vamos a intentar siquiera producir aquí. Simplemente quedémonos con un sano consejo: Tratemos siempre de darles a nuestros hermanos la posibilidad de cambiar, de reivindicarse, de sorprendernos favorablemente y hacer las cosas bien, de redimirse... Estemos siempre dispuestos a ver en ellos la labor transformadora del Espíritu Santo y el Rostro de Cristo.

De similar manera a la de los prejuicios, las susceptibilidades nos quitan la libertad, pues el que está obsesivamente pendiente de cómo lo tratan, de qué le dicen o de qué le hacen, es incapaz de desenvolverse tranquilamente y de vivir en paz.

Una persona es susceptible cuando se ofende o se siente agraviada con mucha facilidad, cuando es demasiado “delicada” en su trato con los demás, y ante la menor pequeñez que se dice o se hace, se siente aludida, tocada, herida o deshonrada, porque piensa que todo, o casi todo, la involucra, que casi todo está dirigido a ella, y con mala intención.

Al igual que el hábito de prejuzgar, la susceptibilidad es un grave defecto, y como tal, debe ser erradicado de nuestro repertorio de conductas... si queremos crecer espiritualmente y desarrollarnos en plenitud.

Si eres de las personas que con frecuencia se preguntan “¿Por qué me habrá mirado así...?” o “¿qué me habrá querido decir...?” u otras cosas por el estilo, entonces eres susceptible, debes aceptarlo, y debes cambiar. ¡No hay vuelta!, porque la susceptibilidad siempre te limitará la libertad. (Cfr. Apostolado de la Nueva Evangelización. “El Sentido de nuestro Apostolado” Nº 21. Yucatán, diciembre de 2004.)

De un modo parecido a como lo hacen los prejuicios y las susceptibilidades, la murmuración y el chisme, también nos encadenan, pues con sólo “comentar algo” acerca de los demás, nosotros estamos aseverándolo (es decir, estamos “poniendo nuestra firma”, nuestro sello personal a lo que decimos), y aunque nos guardemos muy bien de aclarar que “no nos consta”, o que aquello es “lo que se dice”, somos nosotros mismos quienes en rigor lo estamos diciendo, y el ser humano es siempre esclavo de lo que dice (así como es amo de su silencio).

En fin, como vamos viendo, existen muchos “elementos” o agentes que impiden el ejercicio pleno y perfecto de la libertad, y aunque casi todo el mundo cree que los factores que más limitan el ejercicio de la propia libertad son los externos al ser humano (llámense otras personas –como el marido, los hijos, la suegra, etcétera—, o la condición socioeconómica en la que a uno le ha tocado vivir, o la falta de oportunidades de progreso en la vida, etc.), en verdad, la mayoría de los factores que limitan el ejercicio de la libertad son de carácter interno, es decir, propios de la personalidad de cada uno (como los vicios del cuerpo y del alma)...

Pero para poder continuar con el tratamiento de este interesante asunto, procuremos ahora precisar mejor en qué consiste ese maravilloso don que es la libertad.

¿A qué llamamos libertad?

Desde una perspectiva más amplia que la anterior (que como vimos reducía el concepto de “libertad” al sólo ámbito de la voluntad propia en relación con otras voluntades), podemos llamar libertad a la posibilidad que tenemos de hacer o dejar de hacer algo, de acuerdo con nuestro criterio y conveniencia; según nuestro deseo nos lo pida, llevados muchas veces por un impulso, por un arrebato u ocurrencia; o, por el contrario, basándonos en una meditación previa y consciente, apoyados en la oración, que siempre será el camino más adecuado para tomar buenas decisiones, etcétera.

En todo caso, el ejercicio pleno de la libertad supone siempre el acto de ELEGIR, lo que significa optar por un camino determinado, entre dos o más caminos posibles que se nos presentan en cierto momento.

Vistas así las cosas, nos daremos cuenta de que ejercemos nuestra libertad quizás varias decenas de veces al día. Por ejemplo: ¡Sonó el despertador! ¿Me levanto de inmediato, o espero un par de minutos? ¿Agradezco a Dios ahorita, por este nuevo día, o lo hago antes de desayunar, al agradecerle también por la comida? O quizás no le agradezco nunca, porque “libremente”, he decidido no creer en Dios... ¿Me baño de inmediato, o más bien hago algo antes de bañarme? ¿Qué ropa me pongo...?

En fin... como vemos, hay una infinidad de circunstancias en las cuales vamos ejerciendo nuestra libertad diariamente... Pero claro, no es en esas pequeñas cosas en las que se hace más evidente el mayor o menor grado de libertad que tenemos; aunque en verdad, deberíamos tratar de ser más conscientes de que es entre los pequeños detalles que vamos tejiendo, día tras día, la totalidad de nuestra vida.

Intentando profundizar un poco más nuestro concepto sobre la libertad, vemos que el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que “La libertad es el poder de obrar o de no obrar, y de ejecutar así, por sí mismo, acciones deliberadas.” Pero en seguida nos aclara algo que es importantísimo, y es que “La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, el supremo Bien.” (CIC 1744)

Esta última “aclaración” es de vital importancia, pues como veremos enseguida, la libertad es un regalo de Dios, y si no lo tenemos a Él presente, a la hora de ejercerla, si en su ejercicio no nos orientamos hacia Él, y hacia el cumplimiento de Su Voluntad, muchas veces podremos equivocarnos grande y gravemente.

Otro canon del Catecismo nos indica precisamente que “la libertad es una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y en la bondad”. (Cfr. CIC 1731). Más adelante veremos cuáles son los medios que tenemos para alcanzar esa “maduración”, pero antes analizaremos los dos elementos o factores “concomitantes” con la libertad, es decir, las dos facultades de las cuales disponemos los seres humanos para poder ejercer plenamente la libertad, que son el discernimiento (es decir, la inteligencia o razón) y la voluntad, según veremos enseguida.

¿De dónde nos viene la libertad?

La declaración universal del los derechos humanos, adoptada y proclamada por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) el 10 de diciembre de 1948, reconoce, particularmente en su preámbulo y en sus artículos 1º y 3º, que la libertad es una condición natural, intrínseca y común de todos los hombres y mujeres, y prácticamente define a la libertad como el estado existencial del ser humano, en el cual éste es dueño de sus actos y puede autodeterminarse conscientemente, sin sujeción a ninguna fuerza o coacción psicológica interior o exterior.

Sin embargo, tal declaración no aporta absolutamente nada acerca del origen de esa libertad, y era de esperar que así fuese. De hecho, en su bendito artículo 18 sostiene que “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión”; y que “este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.”

Realmente y sin ironía decimos “¡bendito sea este artículo 18!”, pues nos faculta para creer lo que creemos y para hacer lo que hacemos, así como le permite a cualquier persona el creer que su libertad tiene origen en la evolución, en la revolución o en la ebullición, si así lo prefiere...

Sin embargo, quienes creemos que la libertad tiene origen en Dios, como un don especialísimo otorgado por Él al ser humano, al haberlo hecho “a Su imagen y semejanza”, tenemos varios argumentos irrebatibles a nuestro favor. El primero de ellos es que nadie puede dar lo que no tiene, y por lo tanto, si nosotros somos libres en esencia, es porque “Alguien” fue libre antes, y nos confirió (nos dio) ese don.

De verdad que podríamos mencionar bastantes argumentos más en favor de esta nuestra creencia, pero como suponemos que la gran mayoría de nuestros lectores ya creen en Dios, y por lo tanto creen que Él es Quien nos dio la libertad, pasemos a otro punto...

Analicemos, por ejemplo, “cómo funciona” la libertad (es decir, cómo se la ejerce); cuáles son las consecuencias de que este don de la libertad nos haya sido dado por Dios; pensemos por qué y para qué nos hizo libres, y tratemos de pensar en qué otros dones más nos dio, a fin de que pudiésemos hacer uso eficaz y beneficioso del don de la libertad.

San Ireneo nos dice que nuestro Dios nos hace libres para decidir, como seres racionales y semejantes a Él, dueños de nuestros actos (S. Ireneo, haer. 4, 4, 3).

Como vimos, la libertad se ejerce a partir de la toma de una decisión. O sea que, para realizar un acto libre, el ser humano primero debe libremente decidir. Ahora bien, la inteligencia y la voluntad son dos aspectos fundamentales que actúan en el momento de decidir. La primera le da a escoger –por así decirlo—, a la voluntad, diferentes opciones, y se las presenta para que ésta se decida por alguna (o algunas) de ellas. La voluntad, según las alternativas que le muestre la inteligencia, decide cuáles de estas opciones aceptar y cuáles negar.

Y es en esa combinación de voluntad e inteligencia donde la libertad se hace presente, brindándole al ser humano un sentimiento de seguridad, que le lleva a elegir, a estar convencido de esa elección, y más aún: a ponerse “manos a la obra”...

Así pues, en este sentido, podemos decir que son tres los dones que, por ser hechos “a semejanza de Dios”, hemos recibido los seres humanos: La inteligencia o razón, la libertad y la voluntad, y los tres dones interactúan entre sí toda vez que realizamos un acto consciente.

De este modo, en una situación determinada, la razón nos permite discernir lo que está bien y lo que está mal, la libertad nos abre la puerta para optar por el bien y rechazar el mal, y la voluntad es la fuerza que nos impulsará a hacer el bien por el cual hemos optado.

Este aspecto ético o moral, relacionado con la búsqueda del bien en el ejercicio de la libertad, se desprende también de la capacidad intelectual o racional del ser humano, que le permite prever, es decir, ver anticipadamente las consecuencias posibles de sus decisiones.

A esta capacidad que tienen el hombre y la mujer de ver con anticipación los resultados o las consecuencias de sus decisiones, se sumará la responsabilidad de los propios actos; es decir, el aceptar y asumir con anticipación esas consecuencias, el responder por ellas, cuando llegue el momento.

Así pues, como vemos, la mayoría de las veces, tenemos la plena libertad para actuar y elegimos nuestros pasos sin presiones, o al menos, nadie nos “pone la soga al cuello” para que hagamos tal o cual otra cosa; por lo tanto, somos dueños de nuestros actos y acciones, y de nosotros depende que éstas estén apoyadas en la dignidad y en la moral, y que sus consecuencias sean beneficiosas para nosotros y buenas para los demás o no.

El punto es que, cuando no hacemos uso correcto de todas nuestras facultades, o cuando no buscamos la asistencia del Espíritu Santo (que a todos nos ha sido conferido, “donado” con el Bautismo), podemos tomar decisiones equivocadas, y es posible que de esas decisiones erróneas sobrevengan (o se deriven) muchas consecuencias no deseadas, o desfavorables; pero en todo caso, siempre Dios nos ofrece diversas posibilidades para enmendar los errores y corregir los rumbos; el asunto está en decidir con Él.

Parece, en efecto, algo bastante lógico y justo, que si hemos recibido de Dios la libertad, lo hagamos a Él partícipe en el momento de hacer uso de ella, la orientemos hacia Él, desde el principio, y lo tengamos a Él como fin último en su ejercicio; no para bien Suyo, porque naturalmente Él no lo necesita, sino para máximo beneficio nuestro.

¿Para qué nos sirve la Libertad?

Ya hemos visto, a grandes rasgos, lo que es la libertad; hemos tomado nota acerca de algunos de los malos hábitos que pueden quitarnos o limitar grandemente esa libertad; y hemos concluido en que la libertad es un don divino, un regalo que Dios nos dio a todos, al hacernos “a imagen y semejanza” de Él...

Ahora cabe preguntarse para qué nos sirve la libertad, o dicho de otro modo, qué uso podemos hacer de ese precioso don que Dios nos ha dado...

Desde el momento en que Dios nos crea, nos pone en el mundo con una serie de dones, de características personales que son como pequeñas piedras preciosas, y se encuentran “en bruto”, dispuestas a ser pulidas, mejoradas, para acercarnos a la perfección; perfección esperada por Dios, pero no siempre buscada por nosotros.

La libertad debe conducirnos, en primer lugar, a crecer en el espíritu, pero también a buscar el desarrollo integral y armónico de nuestras potencialidades.

Al respecto, el Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña, en el canon 1730, que: “Dios ha creado al hombre racional, confiriéndole la dignidad de una persona dotada de la iniciativa y del dominio de sus actos. Quiso Dios 'dejar al hombre en manos de su propia decisión' (Si 15,14), de modo que busque a su Creador sin coacciones y, adhiriéndose a Él, llegue libremente a la plena y feliz perfección...”

Dios es extraordinariamente respetuoso de nuestra libertad, al punto que nos permite que libremente podamos decidir no sólo el no creer en Él, sino incluso desafiarle, hacerle la guerra, y hasta perseguirle, a través del daño que podemos hacer a sus elegidos...

Sería por eso que, con justicia y gran sabiduría, Santa Teresita le pedía a Dios en oración frecuente: “¡Señor quítame la libertad de ofenderte!”

Así pues, si de verdad creemos en Dios, debemos de estar conscientes del fin último para el cual fuimos creados, es decir: para vivir la vida eterna junto a nuestro Creador, y gozar con Él y en Él de la plenitud del Amor.

La consciencia de esa realidad debiera ser entonces el primer filtro a través del cual analicemos la forma en la que vamos a hacer uso de nuestra libertad, pero resulta que el mundo nos enseña todo lo contrario: Nos dice que seremos libres en la medida en que hagamos, aquí y ahora, todo lo que nos gusta, lo que nos satisface, lo que nos brinda placer inmediato.

En la Carta de San Pablo a los Gálatas, vemos cómo el “Apóstol de las Gentes” les advertía a los fieles que se cuidaran de caer en ese terrible error: “Nuestra vocación, hermanos, es la libertad. No hablo de esa libertad que encubre los deseos de la carne, sino del amor por el que nos hacemos esclavos unos de otros. (...) Pues los deseos de la carne se oponen al espíritu y los deseos del espíritu se oponen a la carne...” (Cfr. Gal 5,13-17. Conviene leer los capítulos 5 y 6 completos).

En una catequesis impartida por Su Santidad, Benedicto XVI, en el Seminario de Roma, el viernes 20 de febrero pasado, el Papa hablaba sobre la libertad, precisamente a propósito de la lectura de la Carta de San Pablo a los Gálatas, diciendo: “La libertad en todas las épocas ha sido el gran sueño de la humanidad, desde sus comienzos, pero particularmente en la época moderna (...) el periodo de la Ilustración fue totalmente guiado, penetrado por este deseo de la libertad, que se pensaba haber ya alcanzado. Pero también el marxismo se presentó como un camino hacia la libertad...”

Más adelante decía: “Nos preguntamos esta noche: ‘¿qué es la libertad?’ ‘¿Cómo podemos ser libres?’ San Pablo nos ayuda a entender esta realidad complicada que es la libertad (...) Dice: ‘Que esta libertad no se convierta en un pretexto para vivir según la carne, sino pónganse al servicio unos de otros en la caridad’.”

(...) Y luego aclaraba muy bien, el Santo Padre: “La ‘carne’ no es el cuerpo, sino que ‘carne’ –en el lenguaje de San Pablo— es la expresión de la ‘absolutización del yo’, del yo que quiere serlo todo y tomarlo todo para sí mismo.

El yo absoluto, que no depende de nada ni de nadie, parece poseer realmente, en definitiva, la libertad. ‘Soy libre si no dependo de nadie, si puedo hacer todo lo que quiero’. Pero precisamente esta absolutización del yo es ‘carne’, es decir, es degradación del hombre, no es conquista de la libertad: el libertinaje no es libertad, es más bien el fracaso de la libertad.

Y Pablo se atreve a proponer una fuerte paradoja: ‘Mediante la caridad, pónganse al servicio...’ es decir, la libertad se realiza, paradójicamente, en el servicio; llegamos a ser libres si nos convertimos en siervos unos de otros. Y así Pablo pone todo el problema de la libertad a la luz de la verdad del hombre:

Reducirse a la carne, aparentemente elevándose al rango de divinidad –‘Sólo yo soy el hombre’— introduce en la mentira. Porque en realidad no es así: el hombre no es un absoluto, de forma que pueda aislarse y comportarse sólo según su propia voluntad.

Esto va contra la verdad de nuestro ser. Nuestra verdad es que, ante todo, somos criaturas, criaturas de Dios, y vivimos en relación con el Creador. Somos seres ‘relacionales’ (es decir, que vivimos ‘en relación’), y sólo aceptando esta ‘relacionalidad’ entramos en la verdad, de otra manera caemos en la mentira y en ella, al final, nos destruimos.

Somos criaturas, por tanto dependientes del Creador. En el periodo de la Ilustración, sobre todo al ateísmo, esto le parecía como una dependencia de la que era necesario liberarse. En realidad, sin embargo, sería una dependencia fatal sólo si este Dios Creador fuese un tirano, no un Ser bueno, sólo si fuese como son los tiranos humanos. Si en cambio, este Creador nos ama, y nuestra dependencia supone estar en el espacio de su amor, en este caso precisamente la dependencia es libertad.”

Más adelante, retomaba este tema, para aclararlo aún más, y decía: En otras palabras, libertad humana es, por una parte, estar en la alegría y en el espacio grande del amor de Dios, pero significa también ser una sola cosa con el otro y para el otro. No hay libertad contra el otro. Si yo me ‘absolutizo’ (es decir, si quiero serlo todo y tomarlo todo para mí mismo) me convierto en enemigo del otro, ya no podemos convivir más sobre la tierra, y toda la vida se convierte en crueldad, en fracaso. Solo una libertad compartida es una libertad humana; en el estar juntos podremos entrar en la sinfonía de la libertad.”

La libertad, pues, no está para hacer simplemente “lo que yo quiera”, como el Santo Padre nos orienta. De una manera bastante sencilla y práctica él nos explica hacia dónde debe ir apuntada esa libertad. No se trata de cumplir cada uno de nuestros caprichos, nuestros deseos y nuestros egoísmos, pues eso no es libertad, sino libertinaje.

Crecer en perfección, o flaquear y pecar... Elegir entre el bien y el mal; allí está el ejercicio de la libertad, que es, al final de cuentas, una de las claves del saber vivir...

“Mejor no me preocupo y vivo nomás –nos dirá la tentación— ya tendré tiempo para remediar mis errores...” ¡Pues esas dilaciones, esas demoras, ese “después” pueden llegar a ser fatalmente dañinos para nuestra alma...! Si en el fondo todos queremos ser libres, debemos hacer el esfuerzo por vivir el bien.

Es probable que las siguientes preguntas nos ayuden –como decía el Catecismo— a “madurar en la verdad y en la bondad”, haciendo correcto uso de nuestra libertad, a la hora de tomar una decisión:

1.- Lo que quiero a hacer, ¿realmente me ayuda a ser mejor persona?
2.- ¿Me acerca más a Dios, o va en contra de lo que Dios me pide, en alguno de sus Mandamientos?
3.- ¿Qué opinaría Jesús de esta decisión? ¿Qué haría Él en mi lugar?
4.- Lo que deseo hacer, ¿ofende mi dignidad como persona o la de alguien?
5.- ¿Estoy buscando el bien de los demás, o me estoy comportando de manera egoísta?

El mal uso de la libertad

Ya en el noveno número de Jesucristo Vivo, en el artículo sobre las tentaciones, mencionábamos algo sobre la libertad y el mal uso que muchas veces hacemos de ella, desafiando a Dios y cayendo en el pecado.

Pues por allá mismo nos encaminamos ahora, al darnos cuenta de la gravedad en la que nos encontramos cuando sobrepasamos los límites de la libertad y caemos en el pecado.

El Catecismo nos enseña que “El hombre, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia” (GS 13,1). Sucumbió a la tentación y cometió el mal. De ahí que el hombre esté dividido en su interior. Por esto, toda vida humana, singular o colectiva, aparece como una lucha, ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas” (GS 13, 2). (CIC 1707)

La cita nos habla de algo muy delicado; el interior del ser humano, que se encuentra en permanente batalla entre lo bueno y lo malo. Ese es nuestro diario vivir, una constante prueba, una difícil lucha en la que estamos expuestos a un sinfín de tentaciones; una vez más lo decimos: tenemos que prepararnos y poner de nuestra parte para aceptar o rechazar, para elegir esto o aquello.

Conocemos, en la historia de la humanidad, una serie de desgracias que sobrevinieron como consecuencia del mal uso que el hombre ha hecho de su libertad. Podemos hablar desde la caída de Adán y Eva, pasar por el asesinato de Abel, en manos de Caín, una infinidad de guerras, la bomba atómica y hasta la práctica de un aborto... La promulgación de leyes inmorales que perjudican a los pueblos, la decisión apresurada de romper un matrimonio, sin antes haber tratado de resolver los conflictos existentes entre la pareja, etcétera.

Somos libres al actuar, y con frecuencia no pensamos en el daño que podríamos causar a nuestro prójimo con nuestras decisiones mal pensadas. Peor aún, ni qué decir cuando a veces actuamos sabiendo y hasta queriendo causar el mal a nuestro hermano.

El pecado está rondándonos y no nos damos cuenta, nuestros hijos crecen y muchos de ellos se tuercen, pues no sabemos cómo hablarles, cómo educarlos, qué y cuánto darles... Nuestras familias se desintegran y tampoco sabemos elegir la forma o el mejor momento para solucionar los problemas; padres que se odian, hermanos que pelean por miserias, o porque no saben elegir qué es lo que conviene para todo el entorno familiar, porque entre elegir heredar los bienes materiales o la unión de la familia, prefieren enemistarse, y eligen libremente los bienes antes que las relaciones... ¡Cuánto nos equivocamos Señor! En verdad somos presas fáciles del pecado, y no sabemos usar la libertad que un día nos fue concedida.

Qué necesitamos para elegir bien

Ya para finalizar esta extensa nota, queremos ofrecerte, querido lector, algunas sugerencias que pueden ayudarte a que tomes las decisiones más acertadas, para que hagas el mejor uso posible de tu libertad:

1.- Lo más importante: meditar. Analizar qué es lo que va a pasar con mi decisión, qué consecuencias va a traer, qué responsabilidades me voy a originar al optar por ello, ¿es lo mejor para mí, para los demás; me acerca a Dios; me ayuda a ser mejor persona? Antes de decidir, ¡detente! ¡Reflexiona! ¡Examina lo que va a suceder con tu decisión! ¡No te apures! ¡Ve qué es lo mejor! ¡Y reza, pidiéndole Luz al Espíritu Santo!

2.- Se necesita también hacerse, anticipadamente, responsables de las consecuencias. No podemos separar a la libertad de la responsabilidad. Todo acto de libertad, toda decisión importante, siempre trae consecuencias importantes. Por lo tanto, es necesario pensar (y aceptar) con anticipación, los resultados que traerán nuestras decisiones.

3.- La generosidad es muy importante, el pensar en el otro o en los otros... en todas las personas a las que afectarán nuestras decisiones.

4.- El dominio de los enojos, las envidias y otras pasiones. Cuando una persona está enojada, es más probable que tome una mala decisión. ¿Cuántas pésimas decisiones tomamos en circunstancias en las que perdimos el control? Por ello, es necesario que nos controlemos siempre antes de decidir. Somos todos humanos y sobre todo, tenemos el amor de Dios que nos reconforta, nos sana y nos ayuda a pararnos nuevamente... ¡para ser mejores!

5.- Tener fuerza de voluntad y mantenerse firmes ante las consecuencias. ¿Cuántas personas deciden algo y luego se arrepienten? ¡A todos nos pasa! Lo importante es fortalecerse en el Señor para sobrellevar las consecuencias “indeseadas” de las decisiones que se tomaron.

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