La vida de Apostolado: “El arte de AMAR a Dios en los demás”
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“Amaos los unos a los otros como Yo los he Amado”, nos encomendó Jesús, y bien vale la pena comenzar este artículo reproduciendo textualmente los dos versículos con los que el Señor nos manifiesta, en el Evangelio de San Juan, lo que debemos hacer:
“Les doy un mandamiento nuevo –nos dice—: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado. En esto reconocerán todos que son mis discípulos: en que se aman unos a otros.” (Jn 13, 34-45)
Como vemos, Jesús empieza diciéndonos “les doy un mandamiento nuevo...” Debe llamar nuestra atención que esta fue la única vez que Él dijo algo así. Por lo tanto, no se trata de una enseñanza más, de una “recomendación” o de una “sugerencia”... Él le llama claramente “mandamiento”, poniéndolo con ello a la altura de las diez máximas que había recibido Moisés en el Sinaí...
Ahora nos dice “amen como me han visto amar a mí”. En realidad, toda la vida de Jesús fue un ejemplo de cómo debemos amar a nuestros hermanos: con el mismo amor con el cual Él nos ha amado y sigue amándonos, en humilde espera de que correspondamos voluntaria y libremente a Su Amor.
Pero quizás podríamos preguntarnos ¿Qué ha hecho Jesús para amarnos...? En primer lugar, se hizo hombre por nosotros, para que pudiéramos, con Su ejemplo, seguir el camino que nos llevará a la Patria Eterna, a la cual pertenecemos desde el momento mismo en que fuimos pensados por Dios.
Es importante que, como cristianos, más o menos comprometidos, pero al fin de cuentas cristianos, comprendamos bien que sólo siguiendo las enseñanzas de Cristo alcanzaremos la plenitud de vida que significa (valga la redundancia), “vivir y caminar en la verdad”, siendo de esta manera agradables al Padre Celestial que está en el Cielo.
Igualmente, al morir en Cruz y Resucitar, Jesús se convirtió en el Pan Vivo (bajado del cielo en Su Encarnación), a fin de que nosotros pudiéramos comer para vivir. ¡Se hizo tan pequeño y tan débil, tan sencillo y humilde, con el único fin de poder saciar nuestra hambre de Dios...! “...El que come mi Carne y Bebe mi Sangre, Yo permanezco en él y él en Mí...” (Jn 6,56).
Pero es necesario que entendamos que la Eucaristía, la Comunión, no consiste solamente en “comer Su Cuerpo y beber Su Sangre”... aunque ese será el alimento y el inicio para que nosotros después, con espíritu “eucarístico”, sepamos reconocer y amar a Jesús en los demás.
Porque es cierto que el Dios Todopoderoso, lleno de Bondad y Misericordia, quería quedarse entre nosotros para saciar nuestra hambre de Dios, pero también quería saciar el hambre que Él tiene del amor del hombre. Fue así como, para saciar esa hambre de nuestro amor, se hizo no sólo Hostia, sino también hombre pobre, hambriento, desnudo, desahuciado, encarcelado, miserable; para que de esa forma pudiéramos nosotros verle, conocerle, tocarle, AMARLE y servirle.
Estamos hechos para servir con amor
Cuando Dios crea a cada hombre, lo hace por amor infinito, gratuito, y a imagen y semejanza de Él; Por tanto nos pide, como única condición para merecer el Cielo, que utilicemos los talentos que Él nos ha otorgado, para beneficio de nuestros hermanos y para que, de ese modo, podamos alcanzar cada día mayor semejanza a Cristo.
Al dejar esta vida, cuando estemos ante Su presencia, solamente seremos juzgados por lo que hayamos sido para los pobres, por lo que hayamos hecho por cada uno de ellos, y por la INTENCIÓN con que lo hayamos hecho (lo cual quizás se convierta en una complicación para muchos de nosotros, “apóstoles”, a la hora de rendirle cuentas).
Es necesario que comprendamos el valor inmenso que tiene el dedicarse a los demás con amor, paciencia y generosidad, no solamente de bienes materiales, sino sobre todo de esmero, de afecto y de tiempo.
Tendríamos que llegar a ser, no trabajadores sociales, no activistas y organizadores de tareas altruistas, sino verdaderos Apóstoles de Jesús, contemplativos en medio del mundo. Tenemos que llegar a ser verdaderos Discípulos de Jesús, consagrando nuestras vidas a la Eucaristía por medio del contacto con Cristo, bajo las apariencias de Pan y Vino, y también bajo el rostro dolorido de cada uno de nuestros hermanos sufrientes.
Los pobres (hablando en sentido general de nuestros hermanos que necesitan ayuda del alma o del cuerpo; sea material o espiritual), necesitan de nuestro apoyo y de nuestra asistencia. Y al final de cuentas siempre vemos que, al servirles, es más lo que ellos nos otorgan, que lo que nosotros les damos a ellos.
Existen muchos tipos de pobrezas y generalmente nosotros somos verdaderamente pobres y no nos damos cuenta, ya que pensamos que pobre es aquél que carece de lo necesario para vivir, pero si pensamos bien, ¿no es necesario para la vida de nuestra alma y para la salud de nuestro corazón el sentirse amado, pertenecido, comprendido, perdonado, dirigido, apoyado y acompañado...?
Generalmente los pobres están más cerca de nosotros de lo que pensamos, ya que pueden ser nuestro esposo, que se siente desatendido, o nuestros hijos, que se sienten incomprendidos, o nuestros ancianos (padres o abuelos), que se sienten en soledad y desamparo total. ¿Sabemos todo lo pobres que somos nosotros...?
Cristo ha dicho: “Tuve hambre y me diste de comer...” (Mt. 25,35). Tenía hambre y sigue teniéndola, en cada uno de nuestros hermanos que sienten la necesidad no solamente de pan, sino del amor comprensivo, de ser conocidos, de ser queridos, de ser “alguien” para alguien.
“... Estuve desnudo y me vestiste...” (Mt. 25,36). Estaba desnudo no solamente de ropas, sino también de dignidad humana, de ese respeto, cariño y sentimiento de igualdad; debido a las injusticias que se cometen con los pobres, a quienes se mira desde arriba sólo por el hecho de que son pobres... (Cfr. Del Sinaí al Calvario).
Estaba desahuciado, no sólo por estar enfermo en una cama de hospital o por tener una enfermedad terminal dolorosa, no sólo por sufrir alguna discapacidad o por estar encerrado en una cárcel, privado de la libertad, sino porque se sabía parte del grupo de “los indeseados”, de los no amados, de los que caminan por el mundo despojados de todo cuidado y auxilio.
Ante todo esto, el día de hoy Jesús nos pregunta: ¿Sales al encuentro de cada uno de éstos?, ¿los conoces?, ¿tratas de descubrirlos y de descubrir Mi Presencia en cada uno de ellos...?
Es por eso que los pobres no tienen necesidad de nuestra clemencia o de nuestra lástima. Si bien la misericordia y la compasión son frutos exquisitos del Espíritu Santo, que se derraman en las almas devotas, estos frutos se manifiestan a través de la trascendencia del amor comprometido y responsable, que se da por medio de la consagración directa a Dios, para la contribución en la construcción del Reino.
No es solamente el hecho de decir “Pobrecito, qué pena, cuánto lo siento...”, porque estos sentimientos, quizás muy sinceros y de verdad compasivos, en realidad se quedan en un sentir sin compromiso; sin llegar a cristalizarse en auténtica misericordia.
Recordemos que por sus raíces etimológicas, la palabra “misericordia” quiere decir “corazón para con la miseria”, y “tener corazón” significa mucho más que sólo compadecerse, significa, ante todo, amar.
El Catecismo de la Iglesia nos enseña que “La Ley nueva es llamada ley de amor, porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; ley de gracia, porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; ley de libertad, porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo ‘que ignora lo que hace su señor’, a la de amigo de Cristo...” (CIC 1972)
La receta para amar con verdadera caridad es, como decía la Madre Teresa de Calcuta, “aprender a dar hasta que nos duela”. Amamos con caridad cuando nos cuesta trabajo deshacernos de esto o aquello, no cuando damos algo porque nos sobra o ya nos molesta tenerlo en casa, sea porque nos ocupa espacio o por lo que fuese.
Amamos con caridad cuando es verdaderamente un sacrificio hacer lo que estamos haciendo, cuando nos privamos de cosas nuestras, no solamente materiales, porque a veces es más sencillo ayudar así que comprometerse con el tiempo o con nuestras capacidades y con la propia vida.
La misma Madre Teresa contaba una experiencia acerca de este gran amor que la gente necesitada llega a sentir por sus hermanos, reconociendo en ellos a Jesús crucificado, y explicaba que esto se debe a la experiencia de la privación que han tenido ellos, y que les hace ser más sensibles a las necesidades de los demás, porque comprenden en carne propia el sufrimiento y el dolor. Esto los vuelve más solidarios, porque se reconocen en el sufrimiento del hermano, porque les resulta más fácil, como diríamos coloquialmente, “meterse en sus zapatos”.
Había una familia de la India con 8 hijos, que llevaba varios días sin comer. La Madre Teresa se apresuró a visitarlos y socorrerlos, ante la necesidad que tenían. Cogió un poco de arroz y se los llevó. Cuando llegó, pudo ver en las caritas sus ojos relucientes por el hambre.
Lo que pasaba era que a lado de la casa de ella vivía una familia musulmana con el mismo número de hijos, y en situación semejante de pobreza. Esta señora sabía que ellos también llevaban días sin comer e hizo lo que hacía Jesús, partió el pan. Ella partió su amor y lo compartió con sus vecinos.
La Madre Teresa emocionada dijo que no podía describir los rostros de esos pequeños. Decía que cuando entró a la habitación sabía que estaban sufriendo. Sabía que tenían hambre. Pero cuando se fue, sus ojos brillaban de alegría por que madre e hijos podían compartir su amor con los demás... (Testimonios de la Madre Teresa de Calcuta por Misioneras de la Caridad).
Definitivamente el amor engendra amor, así como una sonrisa dibujada en el rostro de las personas engendra sonrisas.
Las personas necesitadas tienen una gran dignidad, generalmente con amor aceptan su cruz y la cargan con paciencia, sin decir palabras hirientes ni amargas hacia los ricos, sin quejas ni comentarios malos, sin condenar a nadie.
Tenemos que amarlos porque ellos son grandes, y es el mismo Jesús que se esconde bajo la apariencia de los pobres.
El modo en que conviene hacer el apostolado
El Apostolado es el desbordamiento de la gracia a través de las acciones; lo demás es “obra social”.
Cuando tratemos con personas enfermas, encarceladas, necesitadas, pensemos con cuánto amor trató Dios Padre el cuerpo de Su Hijo Jesús, y tratemos de estar convencidos de que el cuerpo que estamos tocando es el mismo cuerpo de nuestro Jesús, oculto en el de nuestro hermano. Por eso hay que darles el cariño, el trato y la comprensión que le daríamos al mismísimo Jesús.
Cuando decimos que vamos o actuamos “en el nombre de Jesús” tenemos una tarea muy grande que cumplir, ya que REPRESENTAMOS o somos embajadores de todo un Dios, y nuestro testimonio deberá estar (en la medida en que nuestra pobre humanidad nos permita) a la altura de Aquél que nos envía, o de Aquél a Quien representamos.
Por lo tanto, esta bella tarea del apostolado no puede ser desempeñada al paso o con tibieza, ya que como hemos dicho antes, es nuestro único medio seguro para poder ver a Jesús cara a cara en el paraíso de la Gloria Eterna.
Para poder llegar a tener este hermoso arte de amar a nuestro prójimo tenemos que tener un amor grande a la Eucaristía, ya que este es el Don mayor que Dios nos ha dado”.
Es por eso que a diario, en nuestras oraciones y delante del Señor, hay que pedirle que no seamos nosotros quienes dañemos Su obra. Que antes de pensar si mi hermano se merece o no la ayuda que le estoy brindando, pensemos que no somos nadie para medir ningún merecimiento, ya que nadie nos ha dado más que Dios y Él mismo nos lo da todo GRATUITAMENTE.
Así como nuestra Madre María, tenemos que aprender a ser los esclavos del Señor y trabajar como esclavos de Él, sin descanso, poniéndonos al servicio de Dios; ser sensibles a las necesidades y sufrimientos de los demás, ya que el hombre sufre realmente mucho, pero sobre todo tiene hambre de Dios.
Dios no es una “alternativa” para el hombre sino su único sentido. Deseemos experimentar, conocer, amar y servir cada día más a Jesús, a través de nuestros hermanos, con un amor indiviso, comprendiendo la pobreza de Cristo y experimentándola en nosotros, con pequeñas o grandes renuncias. Sólo de esa manera contribuiremos a la feliz construcción del Reino de Dios en los Corazones de los hombres.
¡Ánimo! como dice San Juan: “Si alguno dice que ama a Dios y no ama a su prójimo, es un mentiroso” (1Jn 4,20) Vamos adelante pues, con las armas de la Fe, la Esperanza y la Caridad.
Bibliografía:
Libro del Sinaí al Calvario. Apostolado de la Nueva Evangelización.
Biblia Latinoamericana
Cifrado en las conferencias dichas por la Madre Teresa de Calcuta. Ediciones Paulinas.