Cuando había llegado “Su hora”
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Hace algunos años, salió a la luz pública la película “La Pasión de Cristo”, de Mel Gibson. Por supuesto, fue todo un suceso. Había expectativa por todos lados, y la asistencia a las salas de proyección fue realmente masiva, principalmente en los países de América Latina.
Sin embargo, a los pocos días comenzaron a llover críticas y opiniones, y para efectos de éste artículo, nos quedaremos con una de ellas, que fue quizás la más reiterada: “Es una película demasiado sangrienta, demasiado violenta...” Y mucha gente dejó de asistir al cine. La respuesta de Mel Gibson, muy acertada por cierto, fue contundente: “La realidad de la muerte de Cristo fue mucho más sangrienta”.
A quienes hemos tratado de analizar la muerte de Jesucristo, principalmente a través de los estudios realizados sobre la Sábana Santa de Turín (Ver Revista Jesucristo Vivo, Nº 13 páginas 21-34), nos surge una pregunta angustiante: ¿Por qué tuvo que morir así? ¿Por qué tanto odio, tanta saña, tanto sufrimiento, tanto dolor, tanta sangre...? Procuraremos hacer aquí un breve análisis de las circunstancias, los móviles y los personajes involucrados con la pasión y muerte de Jesús, nuestro Señor y Salvador, para tratar de explicarnos (aunque siempre sólo aproximadamente) por qué tuvo que ser así.
Jesús: ¿profeta, líder o redentor?
Vemos con más frecuencia de lo que quisiéramos, a muchos jóvenes, otros ya no tan jóvenes, y hasta alguno que otro gobernante, que deseando ser originales, repiten a voces que “Cristo fue el primer comunista”, y llegan a comparar la figura del “Che” Guevara con la de Cristo, argumentando que ambos luchaban por los pobres, que Cristo fue un revolucionario de su época, y hasta dicen que ambos son “casi lo mismo”...
Sin embargo, es obvio que existen diferencias abismales entre Jesús, nuestro Salvador, y el “Che”, guerrillero. Jesús pasa su vida enseñando, sanando enfermos, liberando de demonios, haciendo el bien, repartiendo misericordia y perdón sin límites, mientras que el “Che” se especializa en la guerra de guerrillas, cuya principal táctica es la emboscada, o sea, el matar al enemigo cuando éste ni siquiera lo espera, sorprendiendo y causando el mayor daño posible en las vidas humanas.
Jesús muere perdonando (“perdónalos porque no saben lo que hacen”) y el “Che” muere suplicando por su vida “Soy el Che, y más les sirvo vivo”. Jesús es prendido en la noche, entregado por un traidor, y pidiendo a Pedro que envainara su espada, mientras que el “Che” cae disparando un fusil. La comparación entonces, entre el “Che” y Jesús, no deja de ser una payasada ridícula, que sólo puede servir para vender playeras y banderines estampados por el mundo.
Por otro lado, también es frecuente encontrar afirmaciones de que los dichos de Jesús son similares o parecidos a los de tal o cual profeta. Y es posible que algunas partes de los discursos y las enseñanzas de Cristo tengan algún parecido con tal o cual personaje de la historia, como es también perfectamente posible que algunas de las enseñanzas de Mahoma, Buda, Krishna o cualquier otro líder religioso sean muy similares. Entonces, ¿Da lo mismo ser cristiano, mahometano o budista? ¿Cuál es la diferencia entre Cristo y todos los demás personajes?
La diferencia radica en que ninguno de los otros grandes personajes dio ninguna importancia a su muerte. Ni Mahoma, ni Buda, ni Krisna se preocuparon por el cuándo ni el cómo iban a morir, en cambio Jesús pasó su vida preparando ese momento, lo anunció repetidas veces, anunciando que Él tendría que padecer, morir y RESUCITAR, para ver cumplida la misión que le había encomendado su Padre.
Es precisamente este aspecto de la Resurrección, atestiguada fielmente por centenares de personas que lo vieron después de su muerte, lo que marcará la otra inmensa diferencia entre Jesús y los demás, pero no nos adelantemos a los hechos, ni nos vayamos del tema ahora...
El Evangelio de Juan hace especial hincapié en el momento de la muerte de Jesús, refiriéndose a él como a “su hora”. Vemos por ejemplo, que en las bodas de Caná Jesús le dice a su Madre: “Aún no ha llegado mi hora”, y así se repite a lo largo del Evangelio, mostrando que Jesús espera el momento de su muerte, como el de la revelación de su ser, como el instante cúlmine de su misión, y Él la llama “Mi Hora”.
Resaltaba y reflexionaba San Hilario, en su “Tratado sobre La Trinidad”, que Jesús “No dice que ha llegado el día ni el tiempo, sino ‘la hora’. La hora es parte de un día. Y ¿cuál será esta hora? Era la de ser escupido, azotado y crucificado, pero en ella el Padre glorifica al Hijo. El curso de esta obra se consuma, y con su muerte todos los elementos del mundo se resienten: al peso del Señor, pendiente en la Cruz, la tierra tiembla y confiesa que no puede contener dentro de sí a Aquel que muere.” (San Hilario, “De Trinitate”. l.3)
En el capítulo 17 del Evangelio según San Juan se encuentra una de las oraciones más hermosas de toda la Sagrada Escritura, y se la conoce como la “Oración Sacerdotal”. Allí Jesús hace la entrega de la mayor ofrenda al Padre (su propia vida), y empieza diciendo: “Padre, ha llegado la hora…”
De este modo vemos que, para Jesús, su muerte es el acontecimiento más importante, es la revelación de toda su enseñanza, y notamos que al presentar el momento más trascendente de su misión al Padre, intercede por todos nosotros diciendo: “te pido por aquellos que me has dado”, con lo que deja clara evidencia de que su entrega es un sacrificio por los demás.
Con la Oración Sacerdotal, Jesús nos muestra que Él se constituye en el Intercesor por excelencia, en el puente que presenta al hombre el amor de Dios, y presenta a Dios las debilidades del hombre, mostrándonos así cuál es la vocación principal del cristiano: el de ser un intercesor permanente por sus hermanos.
El Evangelio nos revela que la muerte de Cristo no es el fin de su enseñanza, sino el comienzo de su reinado, mediante la entrega de su vida. Allí radica la diferencia, ese es el punto que hace a Jesús supremamente diferente a cualquier otro profeta, maestro, líder o pensador.
Al contemplar la pasión de Cristo, no es importante cuantificar el horror ni la sangre, ni quedarse en las particularidades físicas de tan terrible muerte, sino el ver la magnificencia de la entrega de su vida.
Cristo no murió “porque así tenía que ser”, no murió por la condena del sanedrín, ni por la decisión de Pilatos. Él entregó su vida al hombre, Él se dio por entero, como lo había anunciado en la Última Cena, pidiéndole a cada uno de sus seguidores que hiciera lo mismo.
En las palabras de la consagración, vemos particularmente esas dos intenciones cuando dice: “Este es mi cuerpo y esta es mi sangre, que serán entregados por ustedes y por muchos, hagan esto en memoria mía”. San Pablo en la Carta a los Filipenses, Cap. 2, lo llama el “anonadamiento” (génosis en griego), es decir, “el hacerse nada”. Es pues la entrega total: es la entrega de su Cuerpo, de su Sangre, de su vida... Es el despojamiento voluntario de todo.
Fray Nelson Medina, un sacerdote colombiano de la Orden de Predicadores (dominico) resalta el hecho de que, al ser clavado en la cruz, Jesús fue despojado hasta de sus vestiduras. Nos dice que “Lo entregó todo, pero debido a los azotes, las caídas y la corona de espinos, Él, humilde y amorosamente, se cubre con su propia sangre. Fue su sangre preciosa la que ofició de casulla en la oblación de la cruz. Fue su sangre la que lo revistió en su condición de Sacerdote Eterno en la Calvario, y ese pensamiento es el que deberíamos tener en cuenta, sacerdotes y laicos, cuando asistimos a la Santa Misa. Es Cristo vestido con su sangre quien se entrega por nosotros en cada Eucaristía, y siempre debemos verlo así.”
Vemos entonces que, la palabra clave de la muerte de Jesús en la cruz es la palabra “entrega”. En la cruz Él entrega todo, pero sobre todo, entrega amor, oración y perdón. En la muerte de Jesús, vemos un nivel infinito, incomprensible de amor, y por eso es que su muerte es también su gran revelación. Esa fue su hora, la hora que Él mismo esperó a lo largo de toda su vida.
¿Por qué tanta sangre, tanto castigo, tanto dolor...?
Para poder responder a esta preguntas, es necesario que veamos las realidades de los personajes involucrados en este drama, que en su momento más crítico, sacudió físicamente a toda la tierra, y espiritualmente estremeció a millones de ángeles que contemplaban a Jesús en silencio, seguramente mirando horrorizados y con desesperación al Padre, en espera de una orden para aniquilar a esa humanidad cruel e indiferente.
Mientras tanto, el Padre contemplaba a su Hijo cubierto de sangre, en el más grande acto de amor que se pueda imaginar, en tanto su rostro divino era surcado por lágrimas que mezclaban el amor a su Hijo, la piedad por esa humanidad sumida en el pecado, y la gloria que Él mismo recibía a través del sacrificio que abría las puertas al Espíritu Santo como consolador y guía.
¿Cómo comprender a ese Padre atormentado en medio de la Gloria, y de Su infinito Poder? Con una oración sencilla de reconocimiento y alabanza: “¡Solo tú Señor, solo tú!”
El odio de las autoridades judías
Antes que nada, es conveniente aclarar que no fueron “los judíos” los que odiaban a Jesús, ni fueron ellos los que consiguieron la sentencia de Pilatos: Fueron algunas de las autoridades judías (ni siquiera todas). ¡Dios nos salve de generar odio o rencor al pueblo judío por la muerte de Jesús! Veamos por qué llegamos a esa conclusión:
Desde la época de Moisés, los fariseos, los saduceos y los doctores de la ley, se empeñaron en tomar la Ley de Dios, (que fue redactada en 10 normas simples, pero tan sabias que hasta hoy siguen conteniendo en sí todas las particularidades del pensamiento y los problemas del hombre frente a la idea de justicia), y poco a poco ir complicándola de tal manera, que en los días de Jesús, habían llegado a tener más de 600 prescripciones, que iban desde “lavarse las manos al llegar a una casa”, por haberse contaminado al haber tocado a algún gentil, hasta la prohibición de tocar a una mujer que estuviera en los días de su menstruación.
Ellos habían convertido la religión de Dios en algo complicado y difícil, lleno de exigencias y trampas, de tal manera que siempre ellos eran los únicos que podían conseguir la purificación, la intermediación o la salvación.
Israel estaba dividido en tres regiones: Al sur Judea, que era la región más culta, centro del poder político, económico y social; Samaria en el centro geográfico, un pueblo que tenía problemas en aceptar la resurrección de los muertos, y por lo tanto eran vistos como una especie de paganos; y al norte Galilea, que era vista como una región de semianalfabetos, gente sin ninguna cultura, que ni siquiera hablaban correctamente el arameo, hasta el extremo de ser esta región conocida como “la Galilea de los gentiles”...
Es de esa región de donde proviene este carpintero, que presenta a Dios como al Padre amoroso, al cual uno puede hablarle directamente y en términos de amor, hasta llegar a la intimidad de llamarlo “Abba”, o sea “Papá”, o más cariñosa y próximamente todavía, “Papito”...
Jesús enseña que no es con la postura, los gestos o el orgullo, que se puede llegar al Padre, sino todo lo contrario. Es con amor, con humildad y espíritu contrito que alcanzamos el favor de Dios, que nos ama como fruto de la esencia misma de su Ser divino.
Jesús dice: “No he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud”, y nos habla de perdón. Jesús nos explica que no debemos odiar al pecador, sino al pecado, que debemos matar al mal y no al malhechor, que todos los hombres somos hechos por Dios por amor y para amar, y que el primer paso para ello es el perdonar, tal y como nosotros esperamos ser perdonados por Él.
Jesús, en síntesis, condensa el camino a la salvación en un solo mandamiento, que contiene en sí a los diez: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (...y) amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Cfr. Mt 22,37-39). También dijo: “Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado.” (Jn 15,12)
Entonces, el odio viene porque Jesús se convierte en una amenaza muy seria al poder que ejercían estas autoridades, que manejaban las normas, las prescripciones y administraban a su antojo el Templo, habiéndose convertido en verdaderos opresores del pueblo de Dios.
En aquel tiempo, en efecto, había que cuidarse mucho de quedar mal con un fariseo, con un doctor de la ley o un sacerdote del Templo, porque ellos eran “los que sabían”, y podían interpretar todo lo necesario para los sacrificios y los ritos agradables nada menos que a Dios.
Y Jesús había llegado a decir a la gente: “Yo se lo digo: si no hay en ustedes algo mucho más perfecto que lo de los Fariseos, o de los maestros de la Ley, ustedes no pueden entrar en el Reino de los Cielos.” (Mt 5,20). ¿Cómo podía ofender así a los que tenían todo el poder de Dios un carpintero que apenas si hablaba correctamente el arameo?
El odio de estas autoridades venía en realidad de un sentimiento de temor, ante la posible pérdida de los privilegios y las fortunas de unas cuantas familias, que eran las que ejercían esos cargos y se sentían “elegidas por Dios mismo” para interpretar sus designios.
La religión de Jesús es una religión simple, casi elemental, sin muchas condiciones. Eso sí, es muy exigente, porque el amor es exigente, y el amor de Jesús es infinito, y está lleno de pureza y donación, pero en sí misma, la religión que presenta Cristo, es tan simple como puede ser el trato diario entre un padre y su hijo: “Te amo, porque tú me amaste primero, papá”, y eso significaba una seria amenaza para el estatus y el poder de los fariseos, saduceos y herodianos.
Había que matar al intruso, puesto que no solo que venía publicando sus enseñanzas, sino que además lo hacía “con autoridad”, y en medio de una gran cantidad de milagros, que incluían sanaciones, expulsión de demonios, resurrecciones, “¡y hasta el perdón de los pecados!”
Las autoridades judías, procuraron permanentemente encontrar fallas, errores o “metidas de pata” de Jesús, pero nunca pudieron conseguir nada que les permitiese acabar con el poder y la pureza de la fe que predicaba el carpintero, hasta que llegaron a la más infame conclusión: “Es mejor que muera uno, en lugar de que mueran muchos”, puesto que los seguidores del Maestro ya se contaban por varios miles.
Entonces se tramó la aprehensión de Jesús, con características especiales, sobre todo por la inteligencia y la estrategia con que se la ejecutó.
Había que agarrarlo de noche, porque así no habría mucha gente con él, y cerca al día sábado, que era un día inhábil y la gente casi ni salía fuera de su casa. Esperaban que al amanecer del viernes ya Jesús se encontrara preso, procesado y sentenciado, y así pudieran presentarlo como un rebelde y un traidor al pueblo, esperando que, con el tipo de acusaciones y la sentencia, y dada la cercanía a la Pascua judía, sus seguidores no hicieran muchos problemas que pudiesen inquietar a los romanos, quienes los manejaban “con mano de hierro”.
Por su parte, de acuerdo con lo que nos dice el historiador Flavio Josefo, dentro del Imperio Romano, Israel era un pequeño y lejano país (lejano en relación con la Capital, Roma); sin ninguna importancia económica, política ni social. Era un pueblo considerado como “de segunda”, sumido en las luchas internas y la pobreza, pero con el grave problema de que era sumamente revoltoso y violento.
Por estas y otras razones, el destino de los militares romanos a las tierras de Israel era considerado casi como un castigo. Se enviaba a la soldadesca menos honrosa, compuesta en su mayoría por mercenarios, resabio de otros lugares donde habían cometido los “méritos” suficientes para ser enviados (casi como un escarmiento) al país de los judíos.
Los soldados romanos en Israel eran pues lo peor de lo peor, y por ello, sus comandantes los oprimían con la mayor dureza posible, a fin de que no tuvieran tiempo ni ganas de elucubrar motines o mandarse desmanes, y para que a su vez éstos fuesen lo más drásticos que fuera posible frente a los revoltosos judíos.
Hacía poco tiempo nomás, que habían tenido que sofocar y reprimir una revuelta de los guardias del Templo, con fuertes combates y muchos muertos en la torre del Templo.
Y es a esa soldadesca brutal, acomplejada y sedienta de desahogo y venganza a la que se les entrega a Jesús, que no solamente no se defiende, ni protesta, ni se queja, sino que además, tiene una actitud de humildad y de entrega, que los enardece más, avivándoles la imaginación y las ganas de descargar cuanta violencia se les ocurriese contra el condenado, que para mayor de sus males, era acusado de declararse “Rey” de los odiados judíos, cosa que les llevó a idear el humillante manto y la tremenda tortura de la corona de espinas.
La ley de los judíos prescribía que a un condenado no se le podían aplicar más de 40 azotes, precisamente por el peligro de matar al reo, ya que la pena de muerte estaba prohibida. Sin embargo, para los romanos no había ningún límite en la cantidad de azotes, ya que del número de ellos (de los azotes), dependía la cantidad de horas que agonizarían los condenados, y se conoce que hubo muchos casos en los que aguantaron hasta cuatro días de tormento.
Desde esa óptica, cuanto más rápido se acabara el suplicio de la cruz del condenado, más pronto quedarían ellos libres para divertirse, y eso explica en parte la brutalidad con la cual le castigaron.
La muerte en la cruz estaba reservada en general para aquellos que se revelaban contra el imperio romano. Muy famoso es el caso de “Espartaco”, un esclavo casi contemporáneo de Jesús, que encabezó una revuelta en Roma. Una vez vencidos los esclavos sublevados, los romanos clavaron más de dos mil cruces en una de las vías romanas, y crucificaron en ellas a otros tantos rebeldes. Esta fue la razón por la cual las autoridades judías incitaron al pueblo a gritar pidiendo la cruz con un argumento tan astuto como hipócrita, eficaz y malicioso: “No tenemos más rey que el César”
La muerte en la cruz era un despliegue de crueldad sin límites, pues acarreaba los más espantosos dolores y tormentos, dado que el condenado moría en medio de calambres, convulsiones, ahogos y desmayos. Estaba planeada especialmente para que el pueblo, al ver a un hombre padeciendo tanto, durante tanto tiempo, quedara horrorizado ante la sola idea de rebelarse contra el imperio. Era una cosa tan terrible, que el filósofo Cicerón, gran pensador y jurista de esa época decía de la cruz: “Un romano digno, no debería ni siquiera pronunciar esa palabra (cruz)”
Con Jesús los soldados se ensañaron especialmente, porque se acercaba el sábado, siempre peligroso para las revueltas, y además, la ciudad estaba que rebosaba de israelitas, venidos de todas partes para celebrar la pascua judía.
Por ello pusieron especial empeño en sacar, a través de las torturas previas, todas las fuerzas de ese cuerpo humilde y silencioso, dejando solamente lo justo como para que llegara al Calvario y muriese apenas fuera crucificado. La película ya mencionada de Mel Gibson grafica esta situación poniendo en palabras del comandante de la guardia pretoriana una especie de comentario, en el que alude a su alimentación o a sus buenas condiciones físicas, que le permitieron aguantar tanto.
Una invitación a reflexionar, a modo de conclusión
Es entonces cierto que la muerte de Jesús fue espantosamente sangrienta, enormemente violenta y cruel; pero nosotros los católicos, no podemos quedarnos en la simple contemplación de los latigazos, las llagas y la sangre, porque eso constituye sólo una parte del gran acontecimiento por el cual el propio Jesús se había hecho hombre.
Hay cosas no menos importantes, y también impactantes, de las cuales, por razones de espacio, vamos a ver solo unas cuantas, invitando a nuestros lectores a meditar en esta pasión dolorosa, y encontrar en ella tantas y tantas riquezas que solo están ocultas como tesoros escondidos dentro los textos del Evangelio...
Riquezas que nos invitan a leerlo con la mente y el corazón, en actitud orante, para que puedan revelarse e iluminar nuestros corazones con el más grande acto de amor... Amor tan grande que tuvieron que abrirse las mismas puertas del cielo, para contener la majestad y la gloria del Hijo de Dios, que retornaba triunfante al seno de su Padre.
Pensemos por ejemplo, en ese acto inconmensurable de la donación: Jesús no murió porque nadie lo quiso; Él mismo entregó su vida, como lo dice el Evangelio de Juan, y la entregó por ti y por mí, por nosotros todos, amados de su Corazón.
Pensemos, que si bien los tormentos físicos de Jesús fueron espantosos, y que ciertamente producen estremecimiento y un natural rechazo, vale la pena meditarlos repetidamente, porque como dice un predicador, “cada una de esas gotas de sangre, es una letra del más hermoso poema de amor” que Dios recitó por nosotros.
Pensemos que a todos esos sufrimientos que alcanzamos a ver, al contemplar cualquier crucifijo, corresponden también una infinidad de sufrimientos morales y espirituales, por la humillación y el anonadamiento que voluntariamente Jesús sufrió desde Getsemaní hasta el Calvario.
Miremos con los ojos del alma al Corazón de Jesús, en los momentos en los que se encontró con su Madre, ya sea en la Vía Dolorosa, o a los pies de la cruz, cuando desde la profundidad del dolor y la agonía, Jesús entrega a su madre como Madre de aquellos que lo estaban crucificando...
Pensemos en el Corazón de María, que recibe tremendo encargo de su Hijo amado, y que acepta constituirse en Madre amorosa, Auxiliadora tierna y comprensiva, y que desde ese instante ya ama con amor infinito a todos los hombres, e intercede ante su Hijo por todos los pecadores.
De verdad, es sumamente edificante, enriquecedor e instructivo, meditar con detenimiento en todo lo sucedido durante esas poco más de 24 horas, porque ellas nos señalan con claridad dónde está el camino, hacia dónde debemos encauzarnos, y de dónde debemos huir, para ser merecedores de esa hermosa donación, o sea, para ser también partícipes, con Jesús, de los incontables beneficios de “Su Hora”