Mujer, ¿dónde estás?
Esta mañana me pasé como una hora hablando con tía Sara, mi tía favorita, porque considero que sabe mucho de la vida. Había pasado un momento a saludarla, cuando recibió una llamada telefónica, y al colgar se le veía bastante preocupada...
Me comentó sobre la nieta de su amiga Flor, quien al caerse de la resbaladilla en el kinder sufrió un fuerte golpe en la boca; estuvo como tres horas sentada en una sala de emergencia del hospital, junto a la maestra, y la mamá no se presentaba, no la ubicaban, no se sabía dónde andaría...
El asunto fue francamente penoso, pero como éste hay varios casos, y esto es precisamente de lo que tía Sara me hablaba: de cómo cambiaron las cosas en la actualidad.
Me contaba cómo antes la mujer, que por naturaleza es el pilar de la casa (es decir, quien atiende a los hijos y vela por ellos, quien se ocupa de que todo esté en orden, para que el esposo pueda concentrarse mejor en el trabajo, etcétera) no se movía del lado de sus hijos, procurándoles todas las atenciones posibles.
Efectivamente los tiempos cambian y se ve, día con día, que la mujer va asumiendo nuevos roles en su vida, pero tía Sara no puede creer que todo haya cambiado tanto, al punto de que ahora se abandone a los hijos para ir a perder gran parte del tiempo en las famosas casas de juego, los cafecitos con las amigas, los gimnasios y otras actividades “quitatiempo”, como ella las llama.
La época que nos está tocando vivir ahora cambió en gran medida todas nuestras actividades y la manera de realizarlas; no en vano escuchamos decir, cada vez con más frecuencia y añoranza, que los de antes eran mejores tiempos, y que lamentablemente no volverán.
Ya todo se hace rápido, con prisa y “como salga”, sin esfuerzos. La vida con nuestros mismos hijos se ha vuelto más permisiva: ya no se les niegan salidas; en muchos casos, ya casi no hay el tiempo de compartir con la familia que había antes, y cada uno va por su lado. Suena bastante dramático, pero todo esto parece apuntar a la desintegración de la familia, núcleo vital de la sociedad.
Es claro que con la crisis mundial y con las nuevas teorías de cómo aprender a vivir mejor, cada vez nos alejamos más del plan de Dios; vale decir que nuestras ocupaciones nos alborotan, llenando todos los espacios y relajando nuestra vida espiritual.
Sabemos que ahora, más que nunca, la mujer trabaja por varios motivos: por necesidad económica, por ejercer su profesión, por contribuir a la comunidad, por servir a la Iglesia, o simplemente porque le gusta trabajar, y considera que el ser ama de casa es un “oficio de segunda”; pero es muy importante que la mujer tenga siempre, como primera prioridad, su hogar.
Se habla mucho de la realización de la mujer en diferentes ámbitos ¡qué gratificante! ¡Qué gran cosa sentirse útil! Todas podemos demostrar nuestra capacidad y eficiencia al hacer las cosas, pero tenemos que tener en cuenta que en ningún lugar debería “realizarse” tanto la mujer como en su papel de esposa y madre, pues esa es la tarea que nos encomendó el Señor desde siempre.
La entrega a su hogar debe de ser, para toda mujer casada, el primer deber. Es necesario analizar y preguntarse entonces, hasta qué punto es justificable la ausencia de la madre, si vemos que las deficiencias, en lo que concierne al cuidado de los hijos y la atención al esposo, van creciendo.
Es difícil aceptar que nos toquen en el “lado flaco”, puede ser duro el golpe, pero qué bueno saber que cada día el Señor nos brinda una nueva oportunidad para reparar nuestros errores y enmendar nuestras faltas ¿verdad?
Hablamos de nuestros hijos y de su educación, de su formación como seres de bien y por sobre todo, de su vida espiritual, todo está en nuestras manos, queridas mamás.
¡Vaya tarea la que nos dieron a las madres! Como si fuera poco tener que mantener limpia la casa, tener la ropa al día, la comida lista, supervisar las tareas, controlar y coordinar las salidas, aguantarse las trasnochadas y cuántas cosas más haya que mencionar. ¡Y ni qué decir si además una tiene que trabajar afuera!
El ser mamá conlleva un compromiso sin límites, y por el que deberemos cuentas un día... Hay mucho por hacer, y es necesario aprender a organizar nuestros tiempos, para no descuidar a nuestro máximo tesoro: nuestro hogar, nuestros hijos, el esposo a quien prometimos amar toda la vida, nuestra familia, el pesebre donde Jesús quiere nacer cada día.
Ser mujer no es fácil, pero no olvidemos que tenemos el mejor ejemplo para vivir cada día, y ese es el de la Virgen María, llena de virtudes, de fortaleza, de sacrificios y de humildad.
Ella, con su permanente amor de madre, supo formar el hogar donde su Hijo iba a nacer desde que lo llevaba en su vientre; supo criarlo, vivir junto a Él seguramente inmensas satisfacciones, pero también todo tipo de contrariedades. Supo sobrellevar cada momento difícil con dignidad, con firmeza y valor, y jamás dejó de ser ese puntal seguro en el que sus otros hijos, los apóstoles pudieron, llegado el momento, apoyarse. (Cfr. Hech. 1,14).
Desde sus orígenes, la Iglesia fue instituyéndose bajo el maternal regazo de María, quien con su particular ternura supo convocar y acompañar a los seguidores-amigos de Jesús, proporcionándoles un hogar, un lugar agradable para compartir el recuerdo, la esperanza y la Fe. De esa manera “colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes...” (CIC 963)
A través de esas circunstancias, queremos graficar el hogar ideal que deberíamos formar para nuestros hijos; ese rincón seguro del cual no quieran salir, y al que quieran siempre volver.
Todas nosotras tenemos ese gran don: la capacidad de dar amor. Dios nos eligió y nos hizo sensibles y podemos hacer muy bien nuestro trabajo, si nos lo proponemos responsablemente.
Nuestro hogar es el primer apostolado, no lo descuidemos. Tratando de organizar nuestras actividades y buscando un momento para hacer oración en familia, se pueden salvar muchas vidas de jóvenes que se sienten perdidos, y muchas vidas de madres que no saben dónde llenar sus vacíos.
La familia debe ser, ante todo, la Iglesia doméstica, donde nosotras mismas encontremos la paz y el amor que necesitamos, donde nuestros esposos puedan sentirse siempre a gusto, donde nuestros hijos aprendan a conocer y amar a Dios. Ese será, por siempre, el mejor legado, la mejor herencia que podamos dejarles, porque teniendo a Dios en sus vidas no necesitarán de nada más.